Gloria Chávez Vásquez


Como en la religión y en los deportes, la sensatez en la política está íntimamente ligada a la inteligencia emocional; por tanto, las actitudes políticas de una persona dependen de la madurez de su carácter.
Un bajo coeficiente político, como en el emocional, se refleja en la evasión o negación de la realidad, la inflexibilidad, el fanatismo o apego a creencias poco lógicas; la falta de respeto a las ideas ajenas; el temor al rechazo, poca o ninguna estima personal.
Como en el juego de ajedrez, la política en una sociedad que aspira al orden, debe funcionar respetando las reglas; sus contendores aceptan las opciones: ganar, perder, empatar o retirarse. Los profesionales del juego mantienen la calma y ante todo hacen uso de la lógica. Los ajedrecistas conocen y respetan el reglamento, su objetivo es preciso y ambos están en pleno control de sus inteligencias racional y emocional.
En el juego de la política, el país es el tablero en el que un contrincante asume las ideas conservadoras y el otro las liberales, uno las fichas blancas y el otro las negras. El político que apuesta por la estabilidad de un país, resiste el jaque del radical y viceversa. Las decisiones se toman para eliminar las del opositor y defender las fichas propias.
Contrario al ajedrez, la política es más subjetiva y por tanto no es ciencia exacta, Este hecho da pie a la duda: ¿Están dichos políticos calificados para liderar? ¿Manejan bien sus fichas, conocen el tablero y los problemas de la nación? Y en cuyo caso, ¿respetan las reglas del juego? (derechos, justicia, libertad de expresión, etc.)
En la política, la fragmentación de los partidos complica las cosas y convierte las campañas en una cancha donde todos y cada uno de los muchachos, pretende meter un gol. En los momentos decisivos aun los jugadores profesionales tienden a violar las reglas. Los espectadores fanáticos reaccionan de manera visceral y a veces violenta. Hemos visto las tragedias causadas por la fiebre del futbol, a nivel internacional.
En tiempo de elecciones, no ayuda para nada el desconocimiento crónico de algunos votantes y los peligros a los que someten al país por su enajenamiento. Muchos no tienen la habilidad de conversar o comunicarse sin alterarse y toda crítica a un partido o candidato la toman de manera personal o agresiva.
El votante inmaduro no le encuentra uso a la razón ni a la lógica: descarta a un candidato a base de percepciones físicas; proyecta sus males propios en los personajes que le son contrarios; es inmune a la educación e impermeable a la experiencia y a la sabiduría popular. Paradójicamente, es un ser influenciable por aquellos a quienes sigue y terreno abonado para el adoctrinamiento. Su lema más trillado es “todos los políticos son corruptos, por tanto, la política es corrupta”.
El votante inteligente se mantiene bien informado; se cuestiona, investiga, se informa, hacer preguntas y busca respuestas, en lugar de asumir e interpretar sus deseos o predilecciones como la exclusiva verdad. Sabe además la diferencia entre causa y efecto. No generaliza ni acusa al mensajero de noticias.
El ciudadano consciente evalúa objetivamente las opciones. No se deja guiar por la antipatía ni el odio, ni las proyecciones. Le huye al fanatismo. Conoce los problemas y sabe que la responsabilidad para resolverlos es de todos y no de uno solo.
Sabe además que lo que está en juego es su futuro, el de sus hijos, el de sus seres queridos y el del resto de su gran familia que es la nación.
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