Fanny Bernal Orozco


Fanny Bernal Orozco* fannybernalorozco@hotmail.com
Son muchos y variados los duelos que durante estos meses de pandemia, el mundo ha tenido que vivir y sentir; algunos en completa soledad y sin apoyo de ninguna índole. Duelos que no son solo por el menoscabo de la salud y el enfrentamiento con la muerte, son además por la pérdida de la vida cotidiana, de la libertad y de los actos más simples que se viven en comunidad.
Están afectados los niños, que no han podido volver al jardín ni a las escuelas o colegios, no solo para estudiar, sino para jugar y socializar con sus amiguitos, siendo ésta una de las asignaturas más importantes.
Mi hijo cuando estaba en el colegio afirmaba: "Lo mejor del colegio es compartir y jugar con mis amigos".
Y así es, tanto niños como adolescentes, extrañan lo que se vive en las aulas y en las horas de recreo; los cumpleaños de los compañeros, los trabajos en grupo, las izadas de bandera, las tardes deportivas. No es fácil que ellos entiendan, que en poco tiempo su mundo, el mundo de todos, diera un cambio tan drástico, lo que se evidencia en conductas irritables, malhumor, ansiedad e incertidumbre.
Y para los jóvenes, su mundo social, fiestas, diversiones, relaciones de pareja, estudios, ilusiones y proyectos y todo lo que tenían planeado, en poco tiempo, se ha afectado tanto que en algunos hay miedo al futuro que no ven cercano, ni claro y esta incertidumbre les genera -por supuesto- estrés, angustia y desazón.
En muchas familias, tanta cercanía y el compartir las 24 horas del día, los siete días de la semana, no ha sido agradable y -mucho menos- cuando se habita y convive en un espacio reducido, donde la privacidad solo se encuentra en el baño. Sumado a esto, las peleas, las discusiones, las presiones, intimidaciones y el maltrato, tanto de hecho como de palabra, han dado origen a fuertes crisis, no solo entre parejas, sino también entre hermanos, padres, hijos, que poco se soportan.
Tales altercados, sobre todo con los hijos que comienzan con el alegato y terminan con el insulto, en medio de esta cuarentena se han hecho mucho más evidentes, incluso con más saña y virulencia.
Y qué decir de los viejos que tienen que quedarse en casa a pesar de sus deseos de salir, caminar, encontrarse con los amigos para conversar, ‘arreglar el país’, saludar a la vecina de la tienda, al señor del del taller. Es claro que en muchos hogares nadie habla con ellos, por lo que añoran tener un espacio con sus contertulios o por lo menos salir a recibir un aire diferente al de sus casas.
Por otro lado, el miedo al contagio ha llevado a cambiar hábitos y costumbres diarias, no solamente con el incremento de la higiene. Además hay que estar lejos físicamente de las personas que se aman y anular los abrazos, como condición para el cuidado mutuo y todo ello como parte de los cambios y limitaciones en esta llamada ‘nueva cotidianidad’.
* Psicóloga - Docente titular de la Universidad de Manizales.
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