Fanny Bernal Orozco


Fanny Bernal Orozco* fannybernalorozco@hotmail.com
Es frecuente, en muchos hogares, escuchar a parejas o a padres y madres quejándose por la falta de consideración, respeto y solidaridad de las personas con quienes se convive, esto respecto al mínimo trabajo que realizan. Poco conocen del estrés que pueden soportar ante las diversas y continuas presiones laborales.
Cuando una persona trabaja, realiza una serie de acciones que pueden ser -además de lo cotidiano- informes, actividades de aprendizaje, evaluaciones, seguimientos, ventas, servicios, atención a otras personas; en las que se requiere no solo desempeñar los objetivos propuestos, sino ser eficiente, creativos y competentes. No importa cómo esté su salud emocional, debe cumplir.
Quienes trabajan pueden llegar a casa o estar en ella, por la pandemia, en unos niveles de estrés y de cansancio elevados. Cuando expresan que están agotados o preocupados, la respuesta es: 'Entonces renuncie'. No encuentran apoyo emocional, nadie pregunta por lo que les sucede, solo caras destempladas e indiferencia.
Una pareja decía: 'Quienes conforman mi familia, jamás se han puesto a pensar en el valor del dinero. Ellos saben comprar y gastar, dos acciones que repiten con frecuencia sin ninguna consideración. Tampoco conocen el costo del cansancio. Si quiero tener un poco de quietud surge alguna necesidad, un pedido, una acción doméstica o una vuelta. Así el tan anhelado descanso, hay que posponerlo o suprimirlo'.
En muchos hogares, hay una tácita prohibición a la queja, pareciera que la consigna allí fuera:
* ‘Usted no haga sino trabajar y producir. Es lo único que cuenta’. Pareciera que expresar emociones y sentimientos estuviera relegado a un segundo plano, tanto es así que hay personas que deciden callar para no sentirse ignorados.
En esta pandemia una persona afirmó que le toco quedarse unos días sin su familia, porque otro familiar había enfermado y se debían turnar para cuidarle. La soledad le permitió mirarse y mirar diversos acontecimientos de la cotidianidad; también hacer algunas reflexiones. Entre ellas destacó que su responsabilidad en casa era proveer lo económico, que la familia poco se conectaba a nivel emocional y que jamás había podido decidir siquiera, dónde poner un cuadro.
Darse cuenta de lo invisible que era en su casa, le ha causado gran tristeza, pero también le ha servido para aprender a poner límites y enseñarle a los suyos ‘el valor del dinero y el costo del cansancio’.
* Psicóloga - Docente titular de la Universidad de Manizales.
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