Fanny Bernal Orozco


Cuando se habla de vivir la vida, se pueden pensar muchas cosas, de acuerdo con las necesidades y los gustos de cada quien.
Quizás pueda fortalecer relaciones. Amarse con una pareja, tener hijos, verlos crecer, viajar por el mundo, conocer otras culturas, cultivar las amistades, amar y sentirse orgulloso de los seres queridos. Disfrutar de la lectura, la música, el arte, la comida, la risa, el afecto, las caricias, el baile, el juego, el trabajo, los aprendizajes, la soledad, el silencio, el campo, un buen café, en fin, la lista es larga.
Muchos seres humanos pueden levantarse cada día por sus propios medios y llevar a cabo sus tareas y responsabilidades sin ningún contratiempo.
Miles de labores cotidianas y domésticas se realizan tal vez de manera automática sin tener conciencia de que cada acción, hecha a la carrera y a veces contra el tiempo y a pesar del cansancio, tiene una característica única y es precisamente, que se está vivo y se es autónomo para poder ejecutarlas.
Mientras esto sucede, hay otros que por sus condiciones particulares, no pueden hacer nada de lo que antes ejecutaban. Son las personas que están enfermas y que por lo mismo, han tenido que dejar de hacer su vida, en vida.
Poco a poco el enfermo comienza a abandonar a los amigos, deja de visitar los sitios cotidianos, tiene que renunciar a sus costumbres, rituales, trabajos, juegos, diversiones, acciones todas ellas, que le daban carácter, energía y vigor a su existencia.
De un momento a otro, la rueda de la vida se detiene ante un diagnóstico que viene acompañado de dolorosos y difíciles presagios.
Don Juan afirmó cuando tuvo que comenzar a usar el oxígeno: “Me niego a salir con este aparato, no quiero que nadie me vea así y menos aún que sientan lástima por mí. En estas condiciones, la mayoría de las cosas que hacía han quedado atrás, en el pasado”.
Alguien a quien le han amputado una pierna, expresa: “No puedo ir a ninguna parte, perdí mi independencia, siempre necesito que alguien me acompañe, siento que soy una carga para los demás, esto no es vivir, cuando duermo a veces sueño que recupero mi vida anterior, pero al despertar la realidad es dura, me gustaría poder volver a cine, esa era mi pasión”.
Doña Ana lleva cinco años sin salir de su casa. Tiene fuertes dolores y su vida emocional y familiar está marcada por el maltrato y el abandono, siente miedo y dolor, aunque considera que se ha acostumbrado a los agravios y ultrajes, no ha pasado lo mismo con su soledad.
Dejar la vida, en vida es atravesar un camino pedregoso, con múltiples altibajos, o tal vez es sentir que se está al borde de un precipicio; muchas emociones emergen y entre ellas se abren paso el dolor, la soledad, la frustración, la amargura.
Además de las preguntas que no tienen respuesta y los asuntos pendientes que se quedan sin resolver, estas situaciones, llevan de manera paradójica, no solo desprenderse del presente, sino al mismo tiempo tener que desprenderse del futuro.
Psicóloga
Profesora Universidad de Manizales
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La rueda de la vida se detiene ante un diagnóstico que viene acompañado de dolorosos y difíciles presagios.
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