Fanny Bernal Orozco


Fanny Bernal * fannybernalorozco@hotmail.com
Hay una trilogía importante cuando se habla de valores de país: el honor, la culpa y la vergüenza. La definición de estas palabras no ha cambiado su significado a través de los tiempos, lo que sí ha variado es la forma como las personas las asumen en su vida cotidiana.
Según El Gran Diccionario de la Lengua Española © 2016 Larousse Editorial, S.L., honor es el conjunto de valores morales de una persona que determinan su forma de actuar, conciencia, honra, pundonor, hombría. Culpa es atribuir una falta o un delito a una persona, es ser el causante de un daño; y vergüenza, en tanto, es el sentimiento humillante de pérdida de dignidad experimentado como consecuencia de alguna falta cometida, bien sea por uno mismo o por una persona con quien se está ligado. Es la turbación de ánimo que cohíbe para ejecutar una cosa.
Estas tres palabras (honor, vergüenza y culpa) se entrelazan de manera cotidiana en hechos que son comentados por muchas personas y en grandes titulares de diferentes medios de comunicación.
Por honor, un gran empresario -que en cuestiones de negocios perdió el dinero de todos los socios y el suyo propio- un día decide que no es capaz de seguir viviendo con el peso de la culpa y la vergüenza. Resuelve terminar con su vida. Al ser descubiertos en su culpa, otros empresarios optan por salir del país y evadiendo sus responsabilidades. Quizás sea por vergüenza o porque simplemente no les importa la miseria en la que han dejado a cientos de familias.
En otros países, cuando los corruptos se ven descubiertos, renuncian a sus cargos mientras que los investigan. En el nuestro, cambian de cargo y les suben el salario de manera exorbitante (como se dice popularmente caen parados). En ellos no hay autocensura, no conocen la autovergüenza, carecen de valores morales y éticos.
En nuestra sociedad estas palabras son desconocidas por muchos dirigentes, quienes por el contrario se burlan y ufanan de sus logros. Los llaman inteligentes y sus jefes los encubren y continúan ensalzándolos. A favor de ellos esgrimen gran cantidad de falsas virtudes con un cinismo arrollador.
Un dirigente que trabajaba en un ente anticorrupción del país (¿?) manifestó al verse descubierto: “a cualquiera le puede pasar”. Esto es afirmar que ser colombiano es ser corrupto, ladrón, despojador de tierras, mitómano, hipócrita, embaucador, infractor, delincuente y extorsionista. Aunque escribió una carta pidiendo perdón, surge el gran interrogante: ¿si no lo hubieran sorprendido seguiría su vida como si nada? ¿Mantendría los lujos, las propiedades, los viajes?, ¿qué hubiera sucedido?.
Emergen otras preguntas: ¿Puede recuperarse el honor?, ¿puede sanarse una culpa?, ¿puede rebajarse la vergüenza?, ¿es posible dejar de ser cínico?, ¿cómo?
Hay culturas como la japonesa dónde algunos funcionarios públicos ante equivocaciones, abuso de poder o corrupción, prefieren quitarse la vida antes que involucrar a su familia en el deshonor. No quieren que los suyos carguen con ese estigma. Su muerte se convierte en un ritual de honor y de expiación. Si eso pasara en Colombia, serían pocos los dirigentes y empresarios corruptos que quedarían con vida.
Nota: En Colombia mientras unos de desarman, otros se desalman.
Psicóloga - Docente Universidad de Manizales.
El uso de este sitio web implica la aceptación de los Términos y Condiciones y Políticas de privacidad de LA PATRIA S.A.
Todos los Derechos Reservados D.R.A. Prohibida su reproducción total o parcial, así como su traducción a cualquier idioma sin la autorización escrita de su titular. Reproduction in whole or in part, or translation without written permission is prohibited. All rights reserved 2015