Efrain Castaño


Blas Pascal nació en 1623 en Clermont, Francia, y murió el 19 de agosto de 1662. Fue un gran matemático, físico, filósofo y escritor que jalonó el pensamiento de su época por medio de sus obras como “Pensamientos, letras provinciales, el arte de la presunción”.
Que estuviera aquí y ahora le preguntaríamos sobre su pensamiento y opinión en torno a esta situación mundial brotada ante el enigmático virus que nos ha encerrado, aislado, enfrentado y abierto a preguntas sobre el presente y el futuro, sobre el valor de la existencia, el progreso, la técnica.
La verdad es que hay respuesta: Pascal se planteó ya en su tiempo estas preguntas, navegó en búsquedas, claroscuros y hasta angustias. Por ello quiero rescatar para hoy sus declaraciones o “pensamientos”.
Habla de los estados de ánimo nacidos de los golpes de la vida: “No sé quién me ha traído al mundo, ni qué es el mundo, ni qué soy yo mismo”; el hombre camina muchas veces entre la inseguridad e incertidumbre, dice que esto duele porque es la miseria de un gran señor, de un rey destronado.
Anota además que la neutralidad es imposible porque se cae en el desgano de vivir, en la indiferencia que paraliza o en el miedo que hace tiritar hasta el cuerpo como bañados por el terror.
Qué hacer entonces, podemos preguntarle, y él contesta sin vacilación: “Debemos reconocer que el ser humano está remitido a algo que es superior a él, que hemos sido colocados en este mundo para una tarea, para continuar una historia de crecimiento, de progreso y de iluminación”.
Sin suprimir la lucha, el esfuerzo, la búsqueda del existir, Pascal afirma que sin un “fundamento último”, una base firme, la existencia aparece débil e incierta y por ello anota: “Ese fundamento es Dios que se manifiesta en Jesucristo”.
Afirma: “El conocimiento de Dios sin el de nuestra miseria engendra orgullo, el conocimiento de nuestra miseria sin el Dios engendra desesperación. En Cristo encontramos el punto de base y firme para entender la existencia”.
Pascal mira al Cristo Pascual, viviente, emergente de la fosa; así miramos la alta aguja de nuestra Catedral coronada con el Cristo fuerte plasmado por el maestro Vallejo de nuestra bella tierra. Es posible aún sonreír.
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