Efrain Castaño


Es cierto que parar para avanzar es dar pasos de progreso, algo así como después del primer tiempo de un partido de fútbol, en el camerino se toman decisiones para cambiar el resultado que a veces es adverso; pero se sale al segundo tiempo, se continúa en labor con el ánimo de mejorar y ganar.
Me llamó la atención uno de los carteles que en las marchas que se llevan adelante en el país; dice en pocas palabras: “para de obedecer... sal a la calle”. Pensé entonces a quién obedecer pues si dejo de obedecer a mi empresa, mi familia, la Ética, el diario vivir debo pasar a obedecer a quien me grita como consigna “sal a la calle, marcha”.
No me parece incorrecto “salir a la calle” a manifestar, a pasear, a conocer, a deambular pero sí veo ilógico que me hagan renunciar a lo que creo y vivo y me den la orden seca de “salir”; la obediencia debe ser un acto de voluntad y libertad no de imposición o mando que discrimina si no lo hago.
Si deseo salir a manifestar, a participar del paro, debo hacerlo con la misma libertad con la cual obedezco a quien me parece que me da buena guía, indicación luminosa, apertura de caminos para el bien; no creo que para salir a la calle debo dejar de obedecer o ser constante a mis principios, objetivos y caminos de búsqueda de la felicidad.
Me pareció duro el papa Francisco en días pasados cuando llamó la atención a los dirigentes sindicalistas ya que decía: “a veces a nombre de política o ideologías propias o movimientos con nombre propio obligan y hasta manipulan conciencias e incitan a la violencia”.
Pero carteles como el que comento me dan la razón para aceptar que lo que el Papa anotó como peligro real en los actuales movimientos en el mundo está basado en la realidad y es un cordial y amigable llamado de atención para que se busque el progreso pero por las vías no sólo del rechazo que a veces hay que hacerlo sino también “del diálogo”, el encuentro que en nombre de las comunidades humanas abre nuevos caminos necesario.
Hay que reconocer que el constante hecho de algunas acciones violentas y vandálicas que están sucediendo sistemáticamente, organizadas por algunos llamados “infiltrados” que obedecen órdenes no de diálogo sino de destrucción a veces inexplicable, irrespetuosa, ciega de ira.
Ojalá estas marchas se rodeen de diálogos que busquen lo que nos une no sólo lo que nos separa, que no se planten en una sola dimensión sino que haya apertura en bien de una nueva sociedad más justa y humana.
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