Efrain Castaño


La existencia tiene momentos llamados cumbres que son aquellos en los cuales llegamos a tocar la gloria, la verdad, la belleza, que nos impactan de manera muy definitiva, que dejan en el interior fuerzas inmensas para seguir viviendo con mayor seguridad, mejor sentido, camino alegre de los días; Jesús de Nazareth nos lo dijo "la verdad nos hará libres"
Entramos al llamado triduo pascual que abarca las tres gestas gloriosas de Jesús: padecer, morir y resucitar. El padecimiento que se recrudece desde el apresamiento después de la cena con los discípulos en el drama inmenso, mezcla de amor y dolor que conlleva la prisión injusta, los juicios amañados, torcidos y calumniosos, los azotes crueles, las burlas humillantes, la soledad inmensa, los dolores que entran como espadas, la traición de Judas, el ser vendido como esclavo y malhechor, "con el precio de cualquier cosa", la negación de Pedro, la huída de los discípulos, el no poder ver a su madre amada.
La muerte es pavorosa en su desarrollo porque es perversamente preparada y ejecutada: mal trato ante la multitud, desnudez molesta, látigo feroz, sed y hambre, cansancio hasta el último límite, tortura con la cruz y los clavos, con la elevación ante la multitud burlona, con la cercanía de los amados pero sin posibilidad de intercambio, con la corona de espinas que intensifica el dolor, tarde oscura que agrede a la luz que pende de la Cruz. Resucitar es el paso que abre la vida a la ebullición de la verdad del amor, de la entrega por nuestra salvación; la muerte ha sido triturada no sólo para manifestar que Cristo es la vida, sino para llamarnos a la vida nueva del espíritu, al despojo de la muerte del mal y el pecado; es el estampido del gozo que oscurece el arañazo feroz del odio, la muerte y el fracaso.
Me parece que se puede comparar con la memoria de hoy que nos recuerda el nacimiento del 28 de marzo de 1.483 de Rafael Sanzio, el italiano que se hizo arquitecto y tenía en la pintura una manera de expresar sus emociones y búsquedas; trabajó en Perugia, Florencia y Roma, y bajo los papas mecenas Julio II y León X se encumbró en fama y perfección en el arte pictórico.
Parte de su arte lo dedicó a plasmar los misterios de la Fe, miró y se asombró ante la grandeza de la creación, la belleza y el amor que se manifiesta como obra de Dios. Obras como la transfiguración del Señor, la disputa del santísimo sacramento y numerosas madonas de celestial belleza, expresan lo profundo de su alma .
En este triduo pascual sepamos como Rafael mirar al Señor y su obra. Llenemos de sorpresa ,gratitud y admiración nuestra existencia entre gozos y aleluyas.
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