Carlos E. Ruiz


La literatura es un bien innegable en la condición humana. Ella es de continuo descubrimiento, interpretación de realidades, y asombro. Se acude a la literatura no solo por recreación, también por conocimiento y por escudriñar en lenguajes abiertos, de exploración indagadora y de acomodo a las incertidumbres reinantes. Sus manifestaciones, por las obras de los más logrados escritores, nos atrapan, independiente de las disciplinas de los lectores.
Borges es un personaje en la historia de la Cultura que ocupa lugar especial. Formado desde muy joven en áreas del más variado conocimiento, sin que nada le fuera ajeno, en idiomas, en temáticas, en formas de escritura, incluso en simpatías por la ciencia, en particular la matemática. Agnóstico y escéptico, portador del complejo de Edipo. A los ocho años escribe en inglés artículo sobre mitología griega, y relato influenciado por El Quijote. A los diez traduce cuento de Oscar Wilde. A los 15 fue a Ginebra con sus padres donde cursa el bachillerato y se empina con vocación inquebrantable en asimilar la cultura europea, con su historia y sus lenguas. Aprende alemán para leer a Schopenhauer, el filósofo que más admiró. Su obra completa es monumental.
Transcurrido el tiempo Borges trabaja en la biblioteca municipal Miguel Cané, en Buenos Aires. Por su condición antiperonista, al llegar al gobierno Juan-Domingo Perón, en 1946, uno de sus primeros actos fue trasladar al ya célebre bibliotecario como “inspector de aves y conejos en los mercados municipales”. Borges renuncia antes de hacerse efectivo el traslado y comienza su etapa de conferencista. Como enmienda, se le nombra director de la Biblioteca Nacional en Buenos Aires, en 1955. Al asumir el cargo, que ejerce por 18 años, lo hace en el momento de quedar totalmente ciego. Coincidente con esa doble situación, está su “Poema de los dones”, que al final dice: “…, miro este querido/ mundo que se deforma y que se apaga/ en una pálida ceniza vaga/ que se parece al sueño y al olvido.”
En “El Aleph”, dedicado a Estela Canto, hay hibridación de narración creativa, poética, sentido de la argumentación y navegación en lo incierto. Borges es el narrador y principal personaje, que hace suponer esa creación como especie de crónica de su vida. Con dos compañías: Beatriz Viterbo que simboliza los retos de su amor frustrado, y del primo de ella, Carlos Argentino Daneri. Hay historias de esa relación que la Canto cuenta en su libro “Borges a contraluz”.
Hay otra obra de Borges que me suscita similar emoción. Se trata de su último libro, “Los conjurados” (1985), que le dictó a María Kodama en Ginebra, su segunda patria, en la antesala de su muerte. Escribe –como dice él- una dedicatoria muy sensible a María, con recuerdo de los lugares del mundo que recorrieron juntos, y le dice: “De usted es este libro,… /… Sólo podemos dar lo que ya hemos dado. Sólo podemos dar lo que ya es del otro.”
También le escribió un “Prólogo” donde, entre otras cosas maravillosas, expresa: “Al cabo de los años he observado que la belleza, como la felicidad, es frecuente. No pasa un día en que no estemos, un instante en el paraíso.” Allí están los recuerdos más firmes, con evocación de situaciones, lugares y los personajes de sus entrañas (Schopenhauer, Shakespeare, Goethe, Carlyle, Whitman, Joyce, ….).
Su escritura es de compleja lectura y de no fácil interpretación. Ida Vitale, por ejemplo, en poema que le dedica, dice: “En el bosque de Borges es oscuro/ lo claro, lo negro guarda el blanco”. William Ospina, a su vez, percibe que en Borges los sueños hacen que Don Quijote y Hamlet tengan realidad propia, independiente de sus autores. Carlos Gaviria aseveró que Borges tenía profunda formación filosófica, y que vivió acosado por problemas metafísicos. Eduardo Escobar, supérstite del nadaísmo, asegura que la vida es la gran ausente en su literatura. Y Emil Cioran, maestro supremo del pesimismo y apóstol del nihilismo, identificó a Borges como un espíritu universal, al que sólo le faltó la gracia, la seducción... y que podría convertirse en el símbolo de una humanidad sin dogmas ni sistemas.
Fue un creador incesante de mundos en toda su obra, resultado de los asombros que lo estremecían en la vida diaria, con la apariencia de frialdad o de sosiego, no ajeno a la dificultad para el lector. Los laberintos, el tiempo, los espejos y el infinito, entre otros, fueron sus obsesiones.
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