Carlos E. Ruiz


El libro, la lectura y las bibliotecas han sido piezas fundamentales, por ejemplo, entre los hebreos, identificados como el “pueblo del libro”, bajo la creencia que el mundo es un libro, la “Torah”, en el que los ornamentos de la caligrafía son plenos de significados, como asomo de cultura infinita que todavía se imparte. La capacidad de leer todos, sin analfabetismo, surge de esa tradición, y no se concibe un judío iletrado. La biblioteca es, para ese pueblo, un templo de sabiduría y de progreso. Concepción que identifica a los ortodoxos, a los laicos y librepensadores. Su expresión en ciencias, artes y letras, ha ocupado los primeros lugares en la historia del mundo, con representación reiterada en los Premios Nobel y en parecidos reconocimientos internacionales. Tradición que dio pie a Borges para los desarrollos que conocemos.
Las bibliotecas se hicieron para alimentar la ilusión de libertad, para el encuentro del individuo consigo mismo en la historia, para el diálogo por fuera de tiempos y distancias. Espacios como lugares físicos para contemplar el alma de los otros que fueron, en cotejo con las de quienes siguen los rastros, las huellas, perdidos los nombres del común y engrandecida la noción de Cultura, como el producto de construcción inacabada, en soslayo a las continuas tragedias naturales y del desatino humano, con el intento indeclinable de preservar lo preservable contra la muerte.
Se cuenta que en medio de atroz contienda le pidieron a Winston Churchill autorizar el cierre de la biblioteca británica y él respondió: estamos en guerra justo para que la biblioteca permanezca abierta. Lección imperecedera. Los libros y las bibliotecas son en las culturas puntal de asombro, oportunidad para la búsqueda incesante de respuestas y soporte en transformaciones sociales. Y por desgracia son también objetivo militar en guerras, u obsesión por la quema de libros, en intento de borrar el pasado, de negar identidades, como ocurrió en Babilonia (747 a.C.), en Alejandría,... en Londres, en Oxford, en Sarajevo (Dos millones de libros quemados, Biblioteca Nacional y Universitaria de Bosnia y Herzegovina, 1992), en Bagdad (1.000.000 de libros y 10.000.000 de documentos quemados en la Biblioteca Nacional, 2003), en Beirut, en la Alemania de Hitler, en la Rusia de Stalin, en la China de Mao,... Ordóñez en Colombia, y en tantos lugares del planeta.
Y fue también un hito en la historia de las bibliotecas, la que congregó Michel de Montaigne en su castillo en el Périgord, de mil volúmenes, para el retiro más productivo que se conozca, en donde tuvo motivos de reflexión que dieron lugar a esos tres volúmenes de sus Ensayos, con vigencia ya de más de cuatro siglos, en los que se dedica al examen de su propia interioridad, en consonancia con la sabiduría de los clásicos, como referencia y oportunidad de diálogo, sin ser ajeno a los conflictos de su tiempo, pero habiendo sido personalidad de equilibrio que ayudó a mediar en conflictos, y con la comprensión de sus conciudadanos fue elegido y reelegido alcalde de su Burdeos.
La biblioteca es, entonces, aliento de vida coparticipada, por más invocación que sea ella para la soledad. En la biblioteca se congregan épocas y contradictores, con la mansedumbre de huellas por divisar e interpretar, como estímulo para nuevos emprendimientos, no ajenos a la memoria.
Las bibliotecas, como los organismos vivos, tienen origen, actualidad en su época, y un destino incierto. Pero la vida de las bibliotecas supera en longevidad al individuo humano, y son de vigencia enriquecida con el acervo que aglutinan en el paso del tiempo. Entonces, la biblioteca será un ser vivo muy especial, con capacidad para el diálogo y el debate, sin discriminación, ni protesta, en la coexistencia del libro y los recursos más modernos de la informática. En ella converge lo de vitalidad compartible, en las diferencias, que todavía no asume la Humanidad.
Con el tiempo, en mi trabajo y con familia propia, los estantes de “Casa Aleph” fueron invadiendo espacios y configurando un centro, con identidad en la diversidad de intereses, lo que ocasionaba problemas múltiples, uno de ellos la “organización”. Sin desconocer la existencia del método decimal de Melvill Dewey, con todas las opciones de catalogación, “que proporciona a los lomos de los libros el aspecto de placas en hileras de vehículos estacionados”, según expresó Alberto Manguel, fue surgiendo acomodo a la manera del agite caótico de cada día, con desplazamiento de unos y otros, en intercambios continuos, y periódicas depuraciones.
Como puede suponerse, también me he ejercido de bibliotecario, un tanto ecléctico y a mi manera, y por esos azares de la vida tuve desempeños de bibliotecario nacional a mediados de los años ochenta, donde afiancé una vocación de apego a los libros, con peregrinaje alucinado en tiempos más recientes, con Livia, por la torre cilíndrica del señor de Montaigne, en predios de Castillon, región del Périgord.
La biblioteca debe de ser un organismo vital, que desarrolle dinámicas singulares en la interacción de funcionarios y usuarios, pero más aún entre los libros, la Red y las personas con atracciones crecientes, influenciables de pasión por el conocimiento, por el saber amable y por las ganas irrefrenables de compartir. Con promoción de la lectura de libros en voz alta, en grupos (en espacios favorables), de tertulias sobre ellos, para estimular la comprensión de lo leído. La biblioteca tiene que ser un templo que permita reverenciar las elaboraciones de la humanidad testimoniadas en libros, o en los medios más modernos, pero aprovecharlas con campañas sostenidas que desaten proceso continuo de lectores y estudiosos, en diálogo. Sin descartar que lleve en algún sitio destacado aquel lema de la Biblioteca de Alejandría: “Lugar para el cuidado del alma - psychês iatreîon”.
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