Beatriz Chaves Echeverry


Acudí juiciosamente, como tantos otros ciudadanos manizaleños, al teatro Fundadores para presenciar el debate presidencial, que se había programado para el miércoles 18 de abril a las 11 de la mañana. Gracias a un amigo, que obró de ángel de la guarda, logré entrar, pues el ingreso no estaba nada fácil, a decir verdad el ambiente estaba muy tenso y a medida que se acercaba la hora del debate se ponía cada vez peor. Eso que los que ya estábamos adentro no nos dimos cuenta de todo lo que estaba sucediendo afuera del teatro, que según me enteré después fue bastante feo; la agresión a la caravana del candidato Germán Vargas Lleras, en la cual salió afectada su propia hija, la cadena humana y las protestas de las personas que no pudieron entrar al auditorio, fueron algunas de las cosas que enrarecieron el ambiente.
Adentro se escuchaban arengas de los estudiantes a favor de Petro y los seguidores de Duque contestaban, había una tensa calma en el lugar, pero en general la gente estuvo muy decente y paciente esperando que iniciara el debate. Cuando los candidatos ingresaron pensamos que por fin se iba a dar inicio al ansiado debate, pero después de más de 2 horas de espera Nicolás Restrepo, director de este periódico, anunció que el debate se cancelaba, pues los organizadores consideraban que no había un ambiente propicio para su realización. Y era verdad, qué triste es reconocerlo, pero cualquier cosa hubiera podido pasar en ese recinto… Y esto me lleva a la principal reflexión que motiva este artículo: ¿cuál es la calidad de la democracia de este país, si en una de las ciudades más tranquilas de este territorio no se puede llevar a cabo un debate político entre los futuros candidatos a la Presidencia de la república? Dónde están la libertad de expresión, el derecho a exponer las ideas de diversa índole, la posibilidad de escuchar al que piensa diferente… ¿Así no es que se construye la democracia?
“Sin pueblo no hay debate” fue una de las frases que se escucharon cuando se anunció la cancelación del evento, esta frase encierra una gran verdad, pero ¿quién calló a quién? Me pregunto yo, acaso no fue el “pueblo” con sus agresiones el que propició que el debate no se pudiera llevar a cabo.
Esto que sucedió aquí, en nuestra querida y pacífica ciudad, es muestra de la intolerancia y de la polarización en la que se encuentra este país, donde la democracia se está cocinando en un caldo de odios muy peligroso.
Es irónico pensar que la expresión “lo políticamente correcto”, usada en la actualidad de tan diversas maneras, que surgió del socialismo para describir lo más puro de sus teorías y a sus miembros más fervientes, en esta mutación de pensamiento tan extraña que hoy describe a la posmodernidad, hubiera migrado al otro lado del espectro, o peor aún, que la practiquen todos por igual, en una incapacidad de comunicarse que nos tiene sumidos en esta intolerancia y divergencia tan marcadas en el país. Así se cae en el totalitarismo. Cualquiera que sea el desenlace de las próximas elecciones, si no queremos que el país se desvíe hacia un régimen autoritario, sea de izquierda o de derecha, tenemos que comenzar a escucharnos entre todos, sin tratar de convencer al otro con nuestros argumentos, pero sí esperando que el que piensa diferente tal vez nos enriquezca con su punto de vista. Lamento profundamente que no haya habido debate, no porque me perdí la exposición de ideas de los candidatos, aunque por supuesto que los quería escuchar de viva voz, si no porque me parece un signo lamentable de intolerancia, en un país que lo que más necesita es precisamente eso: tolerancia.
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