Beatriz Chaves Echeverry


Comenzamos un nuevo año, una nueva década: el 2020, que de por sí ya se lee como un número bellísimo, que expresa armonía e igualdad. Su sumatoria, en la ciencia de los números, representa el número 4, que simboliza la estabilidad, el orden y la ley, los propósitos que se pueden hacer realidad; es un año para concretar proyectos.
Estoy feliz porque este nuevo año trae consigo nuevos comienzos para nuestra ciudad y para el país, con la posesión de los gobernantes locales. Dos de estas posesiones tienen especial significado para mí, las dos representan esperanza y cambio y van un poco más allá; rompen paradigmas. La elección como alcalde de Carlos Mario Marín es, sin duda, una ruptura con la política tradicional que ha manejado los hilos del poder en nuestra ciudad, simboliza el grito de “No Más”, que casi doce millones de ciudadanos dimos, cuando votamos el plebiscito anticorrupción, que aunque no fue suficiente para pasar el umbral y ser aprobado, sí demostró el hastío que tenemos muchos colombianos hacia la corrupción, que permea cada vez más instituciones que deberían ser incorruptibles, no es solo que en el Congreso haya corruptos, es que algunos magistrados de las altas cortes también lo son, el fiscal anticorrupción está en la cárcel por venderse al mejor postor ¡qué tristeza! Entonces estos nuevos gobernantes representan ese cambio que tantos queremos, pues puede que Carlos Mario no tenga mucha experiencia, pero sí tiene la transparencia que tantos estamos reclamando. Espero que su equipo de gobierno lo apalanque y entre todos puedan hacer una administración que parta en dos la historia de nuestra ciudad, pues sin lugar a dudas algunos nombramientos marcan un hito y se ve que ha integrado un buen equipo de trabajo que promete mucha innovación para Manizales. Espero que entre todos construyan un buen plan de gobierno y que lo puedan llevar a cabo.
La otra posesión que me llena de entusiasmo es la de Claudia López como alcaldesa de Bogotá. Ella llegó al cargo con un derrotero muy definido; en su discurso, de casi una hora, expuso claramente su ruta de gobierno punto por punto. Si esas promesas se hacen realidad, al menos en una buena parte, redundarán en el mejoramiento de la calidad de vida para todos los bogotanos y para el resto de población flotante, que por alguna razón, llámese estudio, trabajo, trámites, etc., terminamos viviendo o pasando una temporada en esa ciudad de todos y de nadie.
Cultura ciudadana, una primera línea de metro que incluya a Suba y Engativá, reactivación y ampliación del ferrocarril, para que sirva como medio de transporte amigable con el medio ambiente y eficiente para los millones de personas que viven fuera de Bogotá, pero que trabajan o estudian allí, reverdecer la ciudad para mejorar la calidad del aire, cuidar de los páramos que rodean el área metropolitana para garantizar la calidad y el servicio del agua para esta ciudad de diez millones de habitantes, control a la fuerza pública, para que no se repitan episodios como el del estudiante muerto en las protestas de noviembre y algo aún mejor, darle cabida a voz de los miles de jóvenes que se quieren hacer oír a través de las protestas, para que no haya necesidad de ellas; políticas de infancia claras, que aseguran una mejor calidad de vida para las nuevas generaciones que nos van a reemplazar en un futuro no muy lejano. Pero lo que más me gustó fue la propuesta de nombrar a Carlos Fernando Galán como presidente del Concejo de Bogotá. Esto es un acto de inclusión y de democracia que tal vez algunos no puedan entender, pero que a mí me encanta. Porque validar al oponente, aceptar sus cualidades y trabajar juntos con el propósito de construir logros comunes es lo que debería primar en cualquier sociedad que quiera avanzar hacia un mejor futuro, así es como se debe construir la paz, entendiendo que los opuestos pueden superar sus diferencias en la búsqueda de un bien mayor. Felicitaciones alcaldesa por ese acto de inteligencia y gallardía, digno ejemplo de una Colombia mejor.
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