Beatriz Chaves Echeverry


Hoy me permito hacer un sencillo, pero sentido homenaje a un gran hombre: Ariel Ortiz Correa, quien esta semana se despojó de su cuerpo para viajar en espíritu a develar los misterios de la vida después de la muerte. Yo sé que él no necesita estas palabras, pero tal vez logren dibujar una sonrisa, aunque nostálgica, en alguno de los rostros de los que tanto lo extrañan.
Si cierro los ojos escucho su voz ronca y agradable que me acompañó desde niña, pues me vio crecer junto a mis ocho hermanos, hijos de Jaime Chaves Echeverri y de Livia Echeverry Ortiz, a quien pocos conocen por su nombre de soltera, su única prima hermana en Manizales. Por mi posición de número 9 en la larga lista de hijos, yo era para él “la primita”. Así me decía con cariño al encontrarnos en algún evento familiar, o cuando me llamaba los sábados para comentar alguna de estas columnas, que me hacía el honor de leer.
Con Jaime Chaves Echeverri compartió el amor por el derecho penal, fue su pupilo, pues la manera en la que mi papá transmitía sus conocimientos era acogiendo en su oficina a abogados jóvenes y Ariel fue uno de ellos, sin duda el más destacado de los penalistas que ayudó a formar mi padre; émulo honroso de su maestro, Ariel logró hacerlo dictar clases en la facultad de derecho cuando él ejercía como decano y él accedió por el cariño que le tenía al primo. Ariel fue un buen liberal, un hombre de trato amable sin distingo de clases sociales, profundamente respetuoso de las leyes que rigen este país y de sus legisladores, un apasionado de la paz y defensor del reciente proceso que lideró uno de sus grandes amigos; el doctor Humberto de la Calle Lombana. Excelente lector, un intelectual y un gran abogado, pero su pasión más grande y en la que dejó sembrado su mayor semillero fue la docencia. La sala de velación y la iglesia se llenaron con la presencia de sus alumnos, que lo querían con el alma y lo consideraban su más querido profesor. Una de sus alumnas, amiga mía, me contó una anécdota que me conmovió profundamente; el día de su muerte las redes sociales se llenaron con fotos de Ariel, pues sus alumnos, para hacerle un homenaje a su maestro, cambiaron sus fotos de perfil para poner las de él. Creo que ese gesto lo dice todo.
Acá en la tierra quedan sus dos hijos, su nieta, sus hermanos y una mujer maravillosa, a quien tengo el privilegio de llamar amiga; Helena Mejía, ejemplo de amor incondicional hacia ese hombre, a quien acompañó de la manera más perfecta por más de 25 años. Lo aceptó con todo su equipaje, lo apoyó y cuidó hasta que exhaló su último aliento. Pero como los grandes seres no se van sin dejar un legado, replico aquí las palabras de alguno de sus alumnos: “Ariel se fue, pero quedan sus enseñanzas sembradas en los corazones y en las mentes de esos hombres y mujeres que ayudó a formar: Maestro es la palabra que mejor lo define…”.
Adiós querido primo, extrañaré tus carcajadas sonoras, que llenaban cualquier espacio en donde se escucharan, tu crítica sincera, tus palabras de apoyo, tu humor y tu cariño hacia nuestra familia, en especial hacia mi padre, a quien sé que lloraste como uno de sus hijos. Serás extrañado mas no olvidado; somos muchos los que tenemos tu recuerdo viviendo en nuestros corazones.
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