Álvaro Gartner


Gratas sensaciones dejó el primer Encuentro Patrimonio, Colonización y Paisaje, que se llevó a cabo en la esplendorosa casona de la Escuela-Taller de Salamina. Esta institución merece capítulo aparte, porque bajo la dirección ejecutiva de James Peña Garzón y la intelectual de Fernando Macías Vásquez, está formando ebanistas, para perpetuar el legado de Eliseo Tangarife; cocineros de alto vuelo, confeccionistas, danzarines y músicos. Es una de las seis que hay en Colombia.
El lema del encuentro, “200 años de colonización”, sugería la reafirmación del paradigma de la gran gesta antioqueña, con que nos machacan a diario. Otra fue la realidad, bien grata: la primera pica la plantó el experto manizaleño en turismo, Carlos Ocampo Trujillo, quien ‘abrió plaza’ con una contundente afirmación: “Soy caldense, no soy paisa”, que ojalá adoptaran como eslogan del Departamento.
Ocampo enfoca su trabajo desde la cultura autóctona. Con esta perspectiva puede afirmar que se han perdido diez años desde la designación de Paisaje Cultural Cafetero Colombiano por la Unesco. Se hace un turismo masivo, destructivo, contaminante y excluyente: los foráneos desplazan a los locales en varios pueblos, lo cual terminará por borrar identidades… entre otras consecuencias. Riosucio es muestra fehaciente.
A propósito, al folclorista riosuceño Julián Bueno Rodríguez se le invitó a contar “qué bailaban los arrieros” (antioqueños, por supuesto. Inventaron el oficio y lo ejercen con exclusividad. Por eso viven arreando madres). Bueno dijo que eran muleros, no bailarines, y habló de tres danzas investigadas por él en Salamina: la guabina de San Félix, de influencia tolimense; un bambuco con carácter militar, con estilo caucano, y el ‘pasillo ejecutado’, de vehemencia desconocida en Antioquia, propia del norte del Cauca. Esa noche hubo ocasión de verlo bailar a una pareja salamineña, durante el Pregón de la Noche del Fuego. Llamativa multiculturalidad, en la población que fue el ombligo del poblamiento del sector antioqueño de Caldas.
Ramiro Henao Jaramillo presentó el libro ‘Paulino Acebedo, el poeta arriero’, que contiene los escritos de un humilde personaje, recuperados por él. Pedro Felipe Hoyos Körbel mostró la interesante secuencia fotográfica ‘Un viaje arquitectónico de Santafé de Antioquia a Pijao’ (Quindío), que contribuye a seguir desmontando la falsa tradición de la arquitectura de la colonización. ¡Cuán distintas son las casas del Gran Caldas y las antioqueñas!
Regalo para el espíritu fue la exposición del exministro de Cultura Juan Luis Mejía, acerca de las manifestaciones culturales que el cultivo del café ha propiciado en nuestra región, tanto del folclor como académicas. Por su parte, el historiador experto en cartografía, Roberto Luis Jaramillo, comenzó con otra afirmación contundente: “Estamos en la Provincia de Arma”, como si aún perteneciera a la Gobernación de Popayán. Con valiosos mapas de diferentes épocas fue demostrando cómo el llamado Departamento de Salamina o del Sur (desde 1864) fue tomando distancia de Antioquia. Visto desde otra perspectiva, la génesis de la caldensidad fue anterior a la jurisdicción territorial.
Mejía y Jaramillo son antioqueños y a diferencia de algunos coterráneos investigadores, son fieles a la historia y no a la “Raza”. Su actitud abierta la tienen también otros intelectuales, pero todavía están acallados por la vocinglería paisa.
Infortunadamente, no alcanzó el espacio para comentar las disertaciones de Gonzalo Duque Escobar, Felipe César Londoño, Jaime Ochoa y otros intelectuales invitados. El conjunto de los conceptos deja grato sabor de caldensidad.
Es hora de comenzar a escuchar las voces de acá y las de quienes reconozcan a Caldas como unidad cultural independiente, con expresiones propias. Ni heredadas, ni copiadas. Y que Salamina siga resonando en los ámbitos departamentales con todo lo bueno que allá sucede.
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