El clan de los que informan
Señor director:
Deontología es la parte de la ética que trata de los deberes y principios que rigen y afectan cada actividad profesional y constituye la esencia sobre la cual, quienes la ejercen, deben mantener y honrar en todos los momentos.
Hoy, cuando nuestra nación arde en medio de una avalancha de información agresiva, insultante, mentirosa, acomodada a las circunstancias personales, a intereses económicos, políticos y sociales nos damos cuenta que además de una guerra de horror que hemos vivido por tantos años, cada vez nos estamos volviendo más violentos y parece que esta condición se ha hecho viral entre todos los ciudadanos.
Es cuestionable el papel de los medios de comunicación y de muchos de sus periodistas. Es una guerra informativa vergonzosa. En términos de Juan Gossaín, un periodista de ejemplo, “es una manipulación consentida y como tal cómplice”, de los medios manipulando las campañas políticas y las campañas manipulando los medios en aras de un interés partidista, económico, político que se lleva por delante hasta el honroso título y profesión de periodista.
Lo grave es no tanto lo que se publica, sino el cómo se publica, es la sevicia de lo que se informa, el veneno que lleva por dentro, la mala intención al comunicarlo, la premeditada actitud de encender, de polarizar, de hacer una guerra mediática hasta llegar a las más desastrosas consecuencias ciudadanas que ni los unos ni los otros se detienen a considerar.
Lo que tenemos es un periodismo sin ética ni principios; ya no es la verdad el objeto principal de lo informado, no hay independencia porque están sujetos a los entes del poder que los contrata o a la filiación política que defienden, sin reparar en el daño que puedan generar.
Se necesitan periodistas que su noticia no dependa de a quién va a afectar o a quien vaya a beneficiar; su misión es informar sin ocultar nada siempre sujeto a la verdad como fundamento esencial de su trabajo.
Se necesitan medios de comunicación que sean imparciales e informen sin manipulación alguna, sin exaltar lo que beneficia a sus seguidores ni minimizar y ocultar lo que les haga daño y sin dar edición especial y tiempo preferencial a lo que acabe con el adversario: eso es guerra sucia que enloda el sagrado oficio de informar.
Así como vamos estamos entregando lo más sagrado de nuestra tierra movidos por una borrasca de información que nos esclaviza y silencia, que nos hace ver lo que no es, creer en lo increíble, seguir lo absurdo, negar nuestros principios ciudadanos, el amor y respeto por nuestro país y decidir sin responsabilidad alguna, movidos por emociones, por odios, por esa indolente actitud de no importarnos nada el lugar donde nacimos y vivimos.
Lo que sí es seguro es que si no trascendemos y entendemos las consecuencias de nuestros actos seremos cómplices y víctimas del mañana que nos espera.
María Celmira Toro Martínez
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