El poder del Poder
Señor director:
Como es de contradictoria la vida, estamos sujetos a las circunstancias que nos rodean, a los instantes que vivimos.
No es fácil entender actitudes de humildad en quienes han sido poderosos y han decidido a su antojo los destinos de la patria; no es comprensible como a pesar del Poder perdido, de la derrota, se pueda expresar felicidad en medio de la incertidumbre y bajar las manos antes levantadas en actitud amenazante, suavizar la palabra y disponer el entendimiento para acercar ideas opuestas, polarizadas y extremas, para poner en la mesa una disposición de diálogo frente a lo irreconciliable e inaceptable. Es el efecto del Poder; es su arrolladora influencia en la vida de los seres humanos y sus comportamientos.
El Poder hace invencible, lo débil; importante, lo ridículo y necio; valioso, lo vil y detestable; posible lo imposible. Arrasa con la verdad y pone a la mentira en sitios de honor, eleva lo malo y repudiable hasta el límite de lo ejemplar y deja por el suelo los valores y principios que han sido los cimientos de nuestra vida. Ese es el Poder: envalentona y somete, eleva y arrastra, acerca y distancia, afirma y niega, propone y dispone, en fin, el Poder es ese ídolo invencible que anhelamos, pero que una vez nuestro, no somos capaces de manejar cuando lo tenemos en las manos y menos aún cuando en un instante pasamos de vencedores a vencidos, de amos a esclavos, de dirigentes a dirigidos, de gobierno eterno a ciudadano raso, en fin, que grandes nos sentimos cuando somos dueños del Poder y que pequeños e indefensos cuando lo perdemos. Ostentar el Poder absoluto daña el corazón, lo vuelve insensible, indolente y de tanto beneficio personal y egoísta, se va construyendo una coraza impenetrable, una tiranía que acaba con el derecho a la propia libertad y vida.
Quien tiene adicción al Poder termina esclavo de sus efectos y preso de las consecuencias de sus actos, de sus decisiones.
No es devolviendo mal por mal ni incendiando a través de las acciones y de las palabras; es disponer el corazón para que aquellos que hoy perdieron el poder y pueden estar dispuestos a reconstruir sobre los escombros dejados por sus mismas acciones, junto a los que ahora se inician como gobernantes, puedan trazar una nueva ruta, abrir una nueva esperanza.
Dios permita que esas raíces, abonadas con respeto ciudadano, con amor por lo nuestro, con generosidad y buena voluntad, den abundante cosecha y sean las gestoras de un nuevo país más nuestro, más humano, más vivible. Un país que entre todos podemos construir o extinguir.
Es en cada uno de nosotros donde reside la grandeza de esta Colombia que llevamos en el alma, no en el Poder que tengamos para decidir su destino.
Es actuando con honor ciudadano como podemos salvarla.
María Celmira Toro Martínez
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