El abismo que no vemos
Señor director:
Cuando vemos las circunstancias tan difíciles que vive el país no se puede menos que sentir desamparo y tristeza.
Esta campaña presidencial ha sido el reflejo de un cáncer social que hizo metástasis completa en este organismo estatal llamado Colombia.
No atendimos los síntomas de alerta que nos fueron llegando en cada respuesta, en cada acción partidista mal intencionada de uno y otro bando, en los miles de mensajes que nos fueron llegando a nuestro celular y que tomamos con una actitud ignorante y descuidada, sin ver el mal que llevaban por dentro, la intención premeditada de dañar, de mentir, de calumniar, de tomar al otro como objeto de odio. Fuimos creyendo todo y ciegos al elefante que se nos venía encima, dimos credibilidad a propuestas indecentes, antipatrióticas y anti ciudadanas y en medio de risas y memes nos dejamos quitar el país, su honra, su grandeza.
Perdimos la cordura, el entendimiento, el equilibrio, la razón. Nos dejamos invadir por mentiras calumniosas de unos y otros y resultamos arte y parte de una campaña de deshonra y de ataques asesinos que los colombianos de bien, que somos muchos, no merecemos.
No hay la mínima responsabilidad en la palabra; se lanza irreflexivamente sin mirar sus consecuencias nefastas y vergonzosas.
Da pesar comprobar una y otra vez que somos un país de violencias, de seres que a base de ataques, de malas palabras, de calumnias, de atropellos, de componendas se quieren imponer a la fuerza y se muestran dispuestos a todo con tal de lograr lo que se proponen y lo más triste es que, para muchos, esa actitud es elogiada y estimada como normal y entonces lo aceptan, lo aplauden y siguen en una complicidad aberrante que indigna.
La sentencia bíblica: “de la abundancia del corazón habla la boca” explica la importancia y trascendencia de lo que decimos, porque en últimas, la palabra conduce al comportamiento que muestra lo que hay dentro de cada persona, de cada ser.
Ya no sabemos quiénes somos ni para donde vamos porque todo lo que nos influencia está sujeto a lo que nos llega en la red, a la publicidad engañosa que nubla nuestra razón y nos mete como borregos en un mismo corral apestoso y estrecho.
Hipotecamos la razón, el discernimiento, la opinión, la dignidad, la individualidad y el carácter de personas autónomas a quienes nos dicen qué elegir, cuál camino tomar, qué hacer y a dónde llegar sin que nos hayamos dado cuenta que poco a poco perdimos lo más sagrado y valioso: esa libertad inalienable que un día fue el motor de nuestro vivir, de nuestro sentir ciudadano como hijos de Colombia está tierra del olvido que no podemos entregar en una decisión irreflexiva movida por miedos, por odios, por conveniencias personales.
Todos somos parte de lo que ocurre en nuestro país; no podemos excluirnos del problema; algo no se ha hecho bien, algo estamos haciendo mal; perdimos la ruta de la ética, de la dignidad, del respeto que Dios un día nos entregó para que viviéramos en paz, en armonía.
Sólo cuando sintamos como nuestro lo que ocurre y empecemos a transformar nuestra vida, nuestro comportamiento para ser mejores, para reconocer nuestros errores y aplicar correctivos inmediatos sin egoísmo ni hipocresías, podremos tener el gobernante que nos merecemos de lo contrario seguirán los mercenarios de la corrupción y del delito manejando nuestro destino.
María Celmira Toro Martínez
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