El deportista de todos los tiempos
Señor director:
Hace poco los periodistas de RCN Radio, dirigidos por el famoso Indalecio Castellanos, discutían acerca de quién es el deportista de todos los tiempos, si el tenista español Rafael Nadal, el suizo Roger Federer, el servio Djokovic (¿se escribe así?), el atleta jamaiquino Usain Bolt, los futbolistas Pelé y Neimar (brasileños), Cristiano Ronaldo (portugués), Diego Armando Maradona o Lionel Messi (argentinos), Zinedine Zidane, los boxeadores Cassius Clay y Mohamed Alí (¿dos personas distintas y un solo campeón verdadero?), los nadadores estadounidenses más veloces que un submarino atómico, el basquetbolista Michael Jordan, las colombianas levantadoras de pesas, la bella Catherine Ibargüen, la ciclista antioqueña Mariana Pajón, Egan Bernal, campeón del Tour de Francia y del Giro de Italia, etc., etc.
Presento aquí mis candidatos, uno de la Antigüedad y otro de la Posmodernidad, vivo este en la actualidad. El antiguo es griego, del siglo V antes de Cristo; se llamaba Feidípides (Fidípides en griego castellanizado) y era soldado del ejército ateniense que peleaba contra los persas en la primera guerra médica. Resulta que los griegos de las ciudades de Jonia (en la parte occidental de la actual Turquía) habían sido sometidos a la autoridad del imperio persa. El “gran rey”, el “rey de reyes” (así llamaban al emperador de persas y medos) Darío I, sofocó la rebelión de los jonios e invadió la Hélade (Grecia). En el año 490 a.C. tuvo lugar en las inmediaciones de la ciudad de Maratón la célebre batalla que significó la derrota de los invasores, gracias al esfuerzo y a la valentía del ejército de Atenas, comandado por el “estratego” (general, estratega) Milcíades el Joven, estadista ateniense como si fuera poco. La batalla se libró en la llanura de Maratón.
Obtenido el triunfo, humanamente imposible, Milcíades dispuso que un soldado salvara la distancia que hay entre el campo de batalla y la “polis” (ciudad) de Palas Atenea Parthenos, con el encargo de dar a los angustiados ciudadanos el “kérygma” o noticia del éxito militar. Feidípides partió, rápido como un rayo, recorrió semejante trayecto y, al llegar al “agorá” o plaza principal, gritó a pleno pulmón: ¡Níke, níke, níke! (¡Victoria, victoria, victoria!), y en ese mismo instante cayó muerto. El desgaste del combate y de semejante carrera no impidió el cumplimiento de la misión. Hoy en día la prueba de maratón es competición olímpica y se corre a lo largo de 42 kilómetros y 195 metros.
El deportista actual es un señor, sí, todo un señor, caballero y caballista, el español y por más señas andaluz, Don Álvaro Domecq Romero. Hijo del notable rejoneador, criador de ganado bravo y vitivinicultor Don Álvaro Domecq y Díez, “Alvarito” Domecq Romero perfeccionó su equitación en las tres mejores escuelas del mundo: la Escuela Española de Equitación de Viena, la Escuela Portuguesa de Arte Ecuestre de Lisboa y la Escuela Nacional Francesa de Equitación de Saumur. El señor Domecq Romero fue varias veces campeón nacional de Acoso y Derribo en España, rejoneador de los mejores que ha visto el planeta, en España, en Portugal, en el sur de Francia, en Méjico y en Colombia (faltan datos de otros países suramericanos, a lo mejor Venezuela, Ecuador y Perú). Fundó con su padre la Real Escuela Andaluza del Arte Ecuestre y recibió el Caballo de Oro, premio anual que otorga el Ayuntamiento de Jerez de la Frontera a quien más se haya distinguido en el mundo del caballo, sea como criador, sea como fomentador e impulsador de esa cultura, sea como jinete.
Había que ver a Don Álvaro, a los ochenta años de su edad, ejecutando el “pas de deux” (paso a dos), a lomos de un semental tordo en fase blanca, de Pura Raza Española, un ejemplar andaluz puro, en compañía no recuerdo bien si de Rafael Soto Andrade o de Ignacio Rambla Algarín , jinetes, instructores y directores técnicos de la Real Escuela, centauros icónicos y epónimos de ese instituto ecuestre que enseña y cultiva la equitación académica, la alta escuela española, la doma clásica. O verlo a la cabeza del carrusel, el día que la Escuela de Jerez, su pueblo natal, le dio al bellísimo picadero cubierto el nombre de Álvaro Domecq Romero.
Jaime Pinzón Medina, presbítero
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