¡Cómo duele ser humano!
Señor director:
Vivimos en un mundo, miserable positivista, si hacemos eco a las opiniones de William Ospina, en su “Mirada de Hielo”.
Un mundo sin alma, sin espíritu, sin calor de corazón, sin emoción en los sentimientos. Prima, ahora, lo mensurable, lo mezquino, lo atomicista que divide para reinar y enorgullecerse de las apariencias, en una existencia de innúmeras hipocresías que disfrazan la verdad con mentiras dogmáticas, en el cotidiano mercado de las vanidades superfluas y frívolas.
La tecnificación y la industrialización han deshumanizado, paradójicamente, al ser humano: ya no queda tiempo para sentir y ser, ya no hay instantes para amar y convertir la ternura en un constante viaje del corazón al cerebro y de éste al corazón; ya el beso dado desde las intimas entrañas, perdió su virginal identidad, para darle paso al reclamo morboso del sexo mutilado y animal.
Cada vez más, perdemos identidad, dejamos de ser “la maravilla del mundo” y perdemos “el trono de reyes del universo”, para sucumbir ante la mezquindad de una época vacía, pletórica de hombres y mujeres plásticos, postizos, ambiguos, que lo que primero trasplantaron y cambiaron fue su capacidad de ensoñación, de vivir y soñar con la utopía del amor o del desamor, entretejidos en la esencia del alma y del cuerpo anhelantes, en ascuas de libertad y de paz, de justicia e igualdad, de confraternidad y solidaridad sin fin.
Es un engaño la felicidad maquillada de fin de siglo y milenio, que pregonan los “pontífices del automatismo”, los manipuladores de los medios “alienantes de desinformación”, los “politiqueros del fraude colectivo”, los “medicuchos sin corazón, sin ética, y sin alma”, los innumerables “ladrones de cuello blanco” ... enseñoreados de presidencias, de países, pueblos y villorios, de congresos, templos, senderos y conciencias.
Ya no se curan el cuerpo y el alma; ya hasta el aire contamina los pulmones y ahoga el sentido milagro de la esperanza. Ahora, todo se compra y se vende, todo es objeto de la búsqueda insaciable del dinero fácil, de la máscara fingidora... Nuestra época se viste de lo efímero, trafica con las necesidades del pueblo, exalta lo caduco, lo nimio y lo fútil; ahora, se busca ser más en menor espacio ante la manía de las especializaciones y de los títulos comprados, que, en lugar de engrandecer, envilecen y llenan de vanaglorias los consultorios, las oficinas, los diplomas y los teatros de la miseria humana.
Jorge Jiménez Fernández
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