El arte de criticar
Señor director:
Es difícil criticar sin ofender. Es difícil ser imparcial para proceder con veracidad. Se critica lo que no está bien. Son más visibles los lunares, los puntos negros en la hoja blanca que todo el espacio disponible para escribir y apreciar, es muy difícil criticar sin herir, sin lastimar los sentimientos y sin lacerar la autoestima de quien recibe la reprensión, así no sea de mala fe y sí con la mejor intención. Es difícil enfocar una crítica, llámese corregir, sin señalar errores, defectos o desaciertos con la suavidad de un terciopelo, con la tersura de palabras cariñosas y llenas de afecto, respetando la dignidad humana. Sobre la delicadeza, predominan los epítetos cáusticos y punzantes que desgarran con intensidad la sensibilidad y la autoestima. El oficio de criticar, tiene sus inconvenientes, sus riesgos y en ocasiones de incurrir, por el afán de omnisciencia, se termina siendo un zoilo, haciéndole un monumento a la mordacidad y a la crueldad sin miramientos de los daños, a veces irreparables, que se puedan causar. La crítica, es muy cómoda para quien la hace, porque va a la fija, es decir con todas las de ganar, porque los errores no son a priori, sino a posteriori, y es ahí donde el crítico se puede documentar y con gran ventaja realizar las correcciones sin temor a equivocarse o con un margen de error muy escaso, ganando credibilidad.
A veces la crítica, aunque sea necesaria y de buena fe, tiene sus impactos negativos y es similar al ave que está empezando a volar y, si sus alas no le responden, difícilmente levanta su vuelo. La crítica tiene varias motivaciones: unos la desarrollan con nobleza, con respeto, con altura intelectual, despojada de todo sentimiento de ofender, de poner en ridículo a quien sin proponérselo ha incurrido en errores y el fin es muy claro, muy humano: “Corregir al que yerra”. Otros, por animadversión tratando de demostrar que la persona es insignificante y se está metiendo donde no cabe, son los que piensan que los demás les están haciendo sombra sin méritos ningunos.
Otros, ¡ah… la envidia! piensan que todo es para ellos, que el mantel está servido sólo para ellos, que el ágape es sólo para que ellos lo disfruten con exclusividad. Otros, tienen la manía de criticar son ególatras y para ellos, vale lo de ellos y sólo lo de ellos. Otros más, consideran que tienen la asistencia divina y que les asiste la infalibilidad.
Lo recuerdo muy bien, y lo poco que aprendí como pedagogo fue que no se corrige para ofender, ni en público, ni para hacer sentir mal a las personas, ni con nombres propios para evitar el escarnio, la picota. Corregir, sí, pero está dicho desde hace mucho tiempo: se publica el milagro, pero no el santo, por finura, por delicadeza, filantropía y por aquello de: “Errare humanum est”. Desde luego, es sabiduría aceptar con humildad ser corregidos y corregir con amor, es una obra de caridad.
Cordialmente
Elceario de J. Arias Aristizàbal
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