Manizales, del alma
Señor director:
Sepan los que no están al corriente que la ciudad durante algún tiempo, el tiempo de la canción, fue un surtidor de hidalguía; rumorosa también, porque llovía mucho pero muchísimo más que ahora. Los buses iban por la 22 y volvían por la 23 que no era el rumor de miles de viandantes ni el mercado insufrible de verduras, frutas y cachivaches. Uno entraba al centro, viniendo de Milán donde vivía, por el parque y se topaba con el teatro Fundadores siempre activo como sala de cine, pasaba la funeraria La Equitativa deportiva y cultural, el parque de Caldas con casonas que un temblor, y el progreso, hicieron desaparecer en aras de ese desangelado edificio de comercios. La 22 conserva hasta la plaza cierto aire de entonces. Se llegaba a la catedral subiendo la cuadra que obligaba a meter primera, no sé por qué, mientras que, conductor buñuelo, esperaba no tener que arrancar en falda. La plaza con Bolívar en medio, estatua no caricatura, caía suavemente hacia la 21 con algo de prado sustituido por escaleras y ladrillos descuidados. En Bellas Artes se daba de frente con las máquinas de bomberos, y se elegía seguir a Chipre o regresarse por el tontódromo. Supongamos que damos una vuelta por ahí. Se podía ir al Cid, que se llenaba, o al Cumanday, o tomar el algo en La Ecuatoriana, al frente. O meterse al Olimpia de cine continuo y pulga asegurada, hermoso teatro echado al suelo sin más antes de que lo volvieran monumento y el dueño perdiera semejante lote para un pinche parqueadero. Se veía el Palacio Arzobispal como tal, palacio y faro; se caminaba con la novia de la mano por la 23 para entrar a La Suiza, la de entonces, tomar el té cogiendo el pocillo con el pulgar y el índice y levantando el meñique y tomando del carro de los pasteles la milhoja que tal cual la de ahora en otros lugares. Tambien estaba el Colombia de eventuales incursiones de empelotrices -no fui, me contaron- o el Manizales donde molían películas de vaqueros de ocho de la mañana a doce de la noche... “continuo sin interrupciones” decía la propaganda, aunque cada tanto se reventaba el rollo, se iluminaba la pantalla y quedaban al descubierto capadores de clase o de trabajo, vagos, y parejas clandestinas de una o dos personas.
¡Ay Manizales del alma! La de las ferias con casetas, los festivales de teatro y las pantaletas de monseñor Pimiento, la de las procesiones y el Colombo-americano. La de las obleas, los helados y las torres de Chipre con servicio al carro. La de La Cigarra, La Fonda y el Tico Tico. La de El Exágono, el Triángulo, La Cobra, Vitiani, Cuezzo y El Joven. La de las “sociales” de La Patria, la flor y nata del club Manizales o la flor y natilla del club los Andes. La de las albóndigas de Mister Albóndigas y las hamburguesas de Manon’70. Aquella del Club Campestre, el de antes, y el Tenis Club. La pacata, de San Antonio, a la turbulenta de Arenales, juntas. La de las faldas faldas y el nevado nevado. La de todo lo que ya no es. Nublada, lluviosa, fría, gris, de zapatones y de abrigos, hoy soleada, de bermudas, sandalias, hombros al aire, y colorida. O colorienta. En vez de señorial, despelotado. Bola roñosa, en vez de bellolinda. Trompo puchaletas de políticos vividores y de depredadores. Papel de la canalla por doquiera. Pasado en pasado.
Luis Fernando Gutiérrez Cardona
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