El siete de agosto
Sr director:
El siete de agosto juró, como nuevo presidente de Colombia, Gustavo Petro Urrego. Y el acontecimiento, no hay duda alguna, es el principio de un período, Dios sabrá de cuántos años, que marca un viraje radical en nuestra historia. Por primera vez asume las riendas de la dirección de nuestra patria un mandatario de ideología marxista y abiertamente opuesto a los fundamentos antropológicos y éticos de la civilización cristiana.
Estoy plenamente convencido de que hemos cometido los colombianos un gravísimo error; de que la decisión tomada es un auténtico extravío; de que, obnubilados y desconcertados, hemos dado un paso que tendrá, a no muy largo plazo, trágicas consecuencias para nuestra patria.
Los días que han transcurrido desde el 19 de junio, fecha del certamen electoral en el que Gustavo Petro resultó elegido, y las medidas que ha venido tomando para estructurar su equipo de gobierno, lejos de transmitir tranquilidad, aumentan el temor ante lo que se nos viene. No brinda razones para el optimismo el pasado de quien hoy ciñe la banda presidencial, así sobre ese pasado punible haya caído un manto de discutible perdón social… No puede ser augurio de buenos vientos para el futuro en la formación de nuestros niños y jóvenes el nombramiento en el ministerio de Educación de quien se ha declarado abiertamente enemigo del “oscurantismo de la Iglesia católica”; y su actuar deletéreo ya comenzó, con el anuncio de que hará llegar a todos los colegios y escuelas, como texto para enseñanza de la historia de Colombia, el sesgado y malintencionado informe con que el padre De Roux y su espuria JEP hacen cierto aquello de que las verdades a medias son mentiras enteras. Bien ha calificado ese bodrio el agudo analista Eduardo Mackenzie al escribir de él que es “un conjunto de mentiras, tergiversaciones y falsificación de la historia”.
Nada bueno y tranquilizador puede presagiarse para el respeto de derechos fundamentales como el de la propiedad privada, cuando al frente del ministerio de Agricultura ya funge una señora que hábilmente disimula sus ínfulas expropiatorias hablando de democratización de la tierra; y cuando al frente de la Unidad de Restitución de Tierras se ha puesto al taimado personaje que lideró las asonadas vandálicas con que la mal llamada minga indígena cometió, el año pasado, auténticos crímenes que tuvieron paralizada gran parte del país y por los cuales debería estar en la cárcel. Sí, no hay duda, se ciernen en el horizonte de la patria nubes procelosas. Sin embargo, quiero repetirlo una vez más, el camino no puede ser el encerrarnos a llorar o el sumirnos en la nostalgia amarga de lo que hubiésemos querido que sucediera y no sucedió. Ni tampoco el bajar los brazos en la lucha que, como colombianos y como católicos, todos debemos sostener en defensa de los valores y principios que han inspirado nuestra vida y deben seguir inspirándola.
Y para quienes han asumido las funciones de gobierno, aunque ellos mismos no crean que pueden venirles de Dios, hemos de pedir al Señor sabiduría, discernimiento, sensatez. Oremos más que nunca, y sigamos cumpliendo con nuestro deber.
Mario García Isaza c.m.
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