Fanny Bernal Orozco


*Por Fanny Bernal Orozco
- ¿Alguna vez se ha preguntado, qué actos de generosidad realiza cada día?
- ¿Tiene gestos de atención y comprensión con otros?
- ¿Escucha los problemas de sus allegados?
- ¿Es respetuoso y cálido con quienes le rodean?
- ¿Se conmueve y es capaz de hacer cosas por personas que necesitan alguna ayuda?
En estos días es común ver cómo hay obligación de pagar los favores, estos se convierten en deudas y casi que los pagos están arreglados, por lo tanto, tales ayudas no deben llamarse favores, son trueques, cambios, canjes: ‘-Yo hago lo que quieras y el costo es: tal’; todo negociado, calculado.
Hay mucho que aprender de este estilo de favores, más bien son negociaciones. Por ejemplo que son actos espontáneos y gratos, gestos que se realizan y que permiten tender puentes, cruzar caminos, llegar a otras orillas. Son el fruto de la sensibilidad, del respeto por los otros y por sus situaciones más íntimas. Otro aprendizaje es, que cuando se ayuda a alguien pensando en la recompensa, tal apoyo queda en duda y en entredicho, por lo tanto, ya no es un favor.
Así las cosas, hoy parece que todo tiene un costo
Las parejas se separan y una de ellas afirma: -‘Después de todo lo que hice por ella, y de un día para otro dice que ya no quiere nada más conmigo’.
Los hijos se van y los padres dicen: -‘Es un ingrato, jamás piensa en nosotros, después de todo lo que nos sacrificamos por él’.
Y entre amigos que se separan por algún disgusto: -‘Se le olvida todo lo que le ayudé, me quite el pan de la boca, para dárselo a él, solo era un interesado’.
A propósito, hay una historia tomada de Anthony de Mello, en Los cuentos que Mello cuenta (pág 79), que ilustra lo anterior:
“El santo Joneyed acudió a La Meca vestido de mendigo. Estando allí, vio cómo un barbero afeitaba a un hombre rico. Al pedirle al barbero que lo afeitara, el barbero dejó inmediatamente al hombre rico y se puso a afeitar a Joneyed. Y al acabar no quiso cobrarle. En realidad, lo que hizo fue dar a Joneyed una limosna.
Joneyed quedó tan impresionado, que decidió dar al barbero todas las limosnas que pudiera recoger aquel día. Sucedió que un acaudalado peregrino se acercó a Joneyed y le entregó una bolsa de oro. Joneyed fue aquella tarde a la barbería y ofreció el oro al barbero. Pero el barbero le gritó: -¿Qué clase de santo eres? ¿No te da vergüenza pretender pagar un servicio hecho con amor?”
A veces se oye decir a la gente: -‘Señor, he hecho mucho por ti. ¿Qué recompensa me vas a dar?’.
Los actos de amor no deberían tener ningún costo, y menos aún un pago. Hay mucho que aprender en relación con la ayuda a los demás, la compasión y la empatía, valores que si aplicamos cotidianamente, con seguridad nos harán más humanos y menos interesados en las recompensas.
*Psicóloga, Profesora Titular Universidad de Manizales
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