
José Navia Lame
LA PATRIA | MAIZALES
El aullido de una sirena alerta un poco antes del mediodía a los funcionarios del Parque Isla de Salamanca sobre un incendio en la zona de manglares. Arcadio Altahona, un moreno grande y fornido, y otros cuatro operarios vestidos con el uniforme azul de Parques Nacionales salen hacia el embarcadero, armados de machetes, baldes y palas.
La alarma la dio la propia directora del parque, Patricia Riaño, quien subía en una lancha por caño Clarín Viejo cuando divisó una leve humareda por encima de las copas de los manglares. Más adelante logró ver que dos árboles de mangle se consumían lentamente, sin llama. Aunque no parecía un asunto grave, los funcionarios de este parque, ubicado a los lados de la carretera que une a Santa Marta y Barranquilla, saben que así puede comenzar una catástrofe.
"Aquí es difícil calcular la magnitud de un incendio porque a veces el fuego se va extendiendo por debajo de la capa vegetal y cuando todo indica que ya está controlado, brota donde menos se espera", dice la directora mientras busca en un portátil las fotografías de algunos incendios.
El más grave de estos ocurrió entre mayo y de junio del año pasado en el sitio conocido como El meano. Durante 23 días, decenas de policías, bomberos, militares, funcionarios de parques y brigadistas forestales combatieron el fuego hasta con helicópteros. Las llamas acabaron con dieciséis hectáreas de mangle. En total, en el 2014, los incendios consumieron 38 hectáreas de esa especie y sesenta de pastizales.
Algunos de los incendios, al parecer, fueron provocados por personas que entran al parque a quemar mangle para vender el carbón en Barranquilla. Quienes se dedican a esta actividad son grupos pequeños que se internan en los bosques que rodean las ciénagas, cortan el mangle verde, lo apilan, le prenden candela y se van de la zona. La madera se quema lentamente durante varios días, hasta que los traficantes de carbón regresan y lo sacan en canoas a tierra firme.
Los principales clientes del carbón de mangle, según la directora del parque, son los asaderos de Barranquilla. El año pasado, las autoridades del Atlántico decomisaron unos 800 bultos de carbón. Sin embargo, las autoridades ambientales no han podido identificar a los dueños de restaurantes que fomentan la quema de esta especie que es vital para el ecosistema.
En los últimos años, además, las autoridades del parque han notado una extraña tendencia en los incendios, que coincide con los rumores que se propagaron por el río sobre la ampliación del puerto de Barranquilla hacia las tierras que hoy ocupan ilegalmente unas 163 familias de campesinos dentro de la reserva natural.
En el 2013 ocurrieron siete incendios en ese sector. En el 2014 se incrementaron a doce, entre ellos el de El Meano. La directora del parque explica que al eliminar la fauna y la flora de una zona mediante la quema, existen más posibilidades de pedir la exclusión de ese sector del parque natural o de invadirlo.
Ya funcionarios del parque se han encontrado con ocupantes de esta franja que les responden airadamente que ellos no tienen nada que negociar con Parques Nacionales sino con la empresa encargada de construir la supuesta ampliación del terminal portuario.
Algunas de estas familias han vivido allí por tres o cuatro generaciones, antes de que la zona fuera declarada parque natural en 1964, o compraron los derechos de posesión y, por lo tanto, reclaman la propiedad del pedazo de tierra que ocupan. Hasta ahora, ninguno de ellos ha sustentado su propiedad mediante escritura pública. Simplemente elaboran documentos en los que hacen traslado de la posesión y, los más legalistas, autentican las firmas en una notaría de Barranquilla.
Fabián Molinares y su hermana Mayuli, quienes viven a unos diez minutos en lancha desde Barranquilla, dicen, por ejemplo, que sus padres le compraron “a un señor” la posesión del predio que ocupan con más de diez familiares. Viven a la orilla del río, en chozas de madera, y derivan su sustento de la venta de cocos y hortalizas. Muy cerca hay una escuela pero los profesores no vinieron hoy. “Una vecina que se comunica con ellos nos dijo que hoy no había clase porque a los profesores les da miedo cruzar el río con esa brisa tan dura que está haciendo”, dice una de las mujeres. Así, ya son varios los días que han perdido. Y cuando llega el invierno se repite la situación.
Los padres de familia le atribuyen a esta situación el hecho de que, cuando logran un cupo en colegios de Barranquilla, los bajen dos niveles y entonces los niños prefieren retirarse porque ya están muy grandes para el curso al cual fueron asignados.
La pesca de almejas
El parque es un laberinto de 56 mil hectáreas de caños y ciénagas que solo los lancheros muy experimentados pueden navegar sin temor a extraviarse. Las bocas de algunos caños, incluso, están ocultas por las ramas que bordean las ciénagas.
Esta situación es aprovechada por los pescadores ilegales, especialmente los de almejas, quienes les venden a empresas mayoristas de la plaza de mercado de Barranquillita. De allí son despachadas para Bogotá. En los dos últimos años, las autoridades han judicializado a ocho personas por este delito ambiental. Los condenaron a penas de cuatro y cinco años.
Los pescadores de almejas trabajan especialmente en las ciénagas de El Torno, Pozo Verde y Las Piedras. Esta mañana de mediados de marzo se ve a una docena de ellos en medio de las aguas batidas por la brisa fuerte que llega del mar. Caminan con el cuerpo sumergido hasta el torso. Junto a ellos flota una canasta plástica atada a cuatro bloques de icopor, que los pescadores llevan amarrada a la cintura mediante una manila sintética. Allí van depositando las almejas que extraen en sus cortas inmersiones.
Uno de los pescadores dice llamarse Ismael Ferrer. Tiene 44 años y es de Malambo, un municipio del Atlántico. Con los 20 o 23 mil pesos diarios que se gana aquí ayuda a sostener a su hija y a sus nietos. Su hijo mayor, de 24 años, pesca junto a él porque no pudo terminar la primaria. “La peladita sí salió adelante. ¡Pa' qué! Ella estudió hasta tercero de bachillerato”. La joven tiene 22 años y tres hijos.
Ismael es pescador de almejas desde hace más de treinta años. Él hace lo mismo que aprendió de su papá: arma un cambuche miserable a la orilla de la ciénaga y allí duerme ocho o quince días, junto con otros pescadores. Cuando ha ahorrado algunos pesos se va para la casa. Sabe que pescar dentro del parque es un delito y le podrían dar cinco años de cárcel. Pero se arriesga porque a duras penas sabe leer y escribir y "yo no sé hacer otra cosa".
Muy cerca de El Torno está la ciénaga de El Loro. Allí se ven algunas canoas de pescadores. Uno de ellos ha tirado la atarraya tres veces y solo recoge palos y hojarasca. El hombre levanta su rostro ennegrecido por el sol de muchos años y hace señas de que la pesca está muy mala. Este también podría ir a la cárcel, pero no hoy.
Los operativos no ocurren por mucha frecuencia debido a que se requiere movilizar lanchas, helicópteros y decenas de personas para cubrir al menos una buena parte de las doscientas ciénagas y caños.
Según Parques Nacionales, la Vía Parque Isla de Salamanca, que es el nombre oficial, "junto con el Santuario de Fauna y Flora de la Ciénaga Grande de Santa Marta, fueron declaradas en 1998 como Sitios Ramsar de importancia mundial, y en noviembre de 2000, como Reserva del Hombre y la Biosfera por la Unesco".

Pescadores de almejas en la ciénaga de El Torno.
Muerte en la carretera
La Vía Parque Isla de Salamanca está ubicada a los lados de la troncal que une a Barranquilla y Ciénaga. Al occidente, el oleaje proveniente del mar abierto carcome cada vez más la playa, hasta el punto de que en algunos trechos las olas mueren a escasos metros de la vía. Hasta ahora, las barreras han resultado impotentes frente al ímpetu de las aguas. Por esta época se ensaya con un muro de roca.
En los playones, a lo largo de unos dos kilómetros, yacen miles de troncos de mangle que se pudren al sol. Es como un gigantesco cementerio. Este mal es heredado de las fallas en la construcción de la carretera que, según un funcionario de Parque Nacionales, fue construida sin ningún estudio ni plan de manejo ambiental porque en aquella época estos no eran obligatorios. La vía fracturó un ecosistema que iba desde los bosques hasta el mar.
Por la carretera, recta y pavimentada, que bordea en buena parte la línea costera, circulan en forma permanente cientos de carros. Tractomulas y flotas de pasajeros hacen trepidar el pavimento a más de cien kilómetros por hora en los dos sentidos y dejan una estela de viento que hace tambalear a quien se pare a orillas de la vía.
Ese obstáculo lo deben salvar las iguanas, osos hormigueros, tigrillos, serpientes y otros animalitos que intentan cruzar hacia el otro lado de su hábitat. Aquí han sido identificadas cerca de doscientas especies de aves, setenta de mamíferos, anfibios y reptiles y más de cien clases de peces de agua dulce y salada, debido al intercambio entre el mar y las ciénagas a través de los caños.
Decenas de estos animales mueren aplastados en el intento. El término técnico es apisonamiento. Un eufemismo. Los animalitos quedan reventados, hasta el punto de que en algunos casos ni siquiera se logra saber a qué especie pertenecían.
El más afectado es el oso hormiguero. Esto, según Patricia Riaño, la directora del parque, se debe a que cuando este animal siente algún peligro –y en este caso puede provenir de un camión de treinta toneladas- se detiene, se para en sus patas traseras en posición de defensa y espera el ataque.
En un recorrido por este trecho de carretera con el abogado de Parques Nacionales, Blas Castillo, estuvo a punto de ser cogida por una flota un ave carroñera que intentó engarzar con sus garras los restos de otro animal aplastado sobre el pavimento.
Los animales mueren casi a diario, sobre todo en las noches, porque, al parecer, ellos disminuyen sus precauciones debido a que baja el número de vehículos que transitan por esa carretera. De noche, además, las luces plenas encandilan a los animales y no les dan tiempo de reaccionar.
Ramón Fernández, el ‘cabañero’ de Kangarú, un puesto de control de Parques Nacionales ubicado junto a la carretera, dice que hace un mes murió un tigrillo a pocos metros de este sitio.
Hasta el año pasado, toda esta problemática la intentaban controlaban catorce personas con dos lanchas, dos camionetas y dos motos en regular estado. A partir de este año el equipo fue reforzado con otros diez funcionarios y nuevos equipos. Además, pocos días después de mi visita a Salamanca, las gobernaciones de Magdalena y Atlántico, la Armada, la Policía y el Ministerio del Medio Ambiente, cuyas cabezas se reunieron en el parque, se comprometieron a incrementar el control en la zona con guardacostas, infantería de marina y carabineros.
Adicional a las medidas de seguridad, las gobernaciones y el Ministerio acordaron trabajar en la generación de proyectos productivos para lograr el traslado de las 165 familias que ocupan el parque y detener así la pesca de almeja y de otras especies dentro del mismo.
Los funcionarios están convencidos de que la única salida es una estrategia integral que atienda la problemática social de los ocupantes y pescadores y de la cual el parque también es víctima.

Herramientas artesanales para pescar almejas.

Los funcionarios de Parques no alcanzan a cubrir este laberinto de caños y ciénagas.
Crédito de fotos: José Navia Lame
El uso de este sitio web implica la aceptación de los Términos y Condiciones y Políticas de privacidad de LA PATRIA S.A.
Todos los Derechos Reservados D.R.A. Prohibida su reproducción total o parcial, así como su traducción a cualquier idioma sin la autorización escrita de su titular. Reproduction in whole or in part, or translation without written permission is prohibited. All rights reserved 2015