Alfonso Ospina
COLPRENSA | LA PATRIA | Bogotá
En tres semanas, Juan Manuel Santos y el equipo de la Unidad Nacional le dieron un vuelco al desastre electoral que sufrieron en la votación de primera vuelta para elegir al presidente de la República.
Lo hicieron combinando dos estrategias: insistiendo en el discurso de que el país está ante una oportunidad histórica de alcanzar la paz con las guerrillas y moviendo todas las maquinarias políticas a su alcance, buena parte de las cuales no fueron utilizadas o sirvieron a intereses distintos en la pasada cita electoral.
La primera de ellas se ha convertido en un plebiscito: la mayoría de colombianos que hace pocos años querían el exterminio militar de cualquier fuerza insurgente, hoy se han expresado con claridad en favor de una salida negociada para acabar la guerra y de darles oportunidad política a los máximos dirigentes de las Farc y del Eln.
Bajo esos postulados, Santos logró reunir a la más extraña de las coaliciones vistas en el pasado reciente en la política colombiana: liberales, facciones de conservadores, industriales, comerciantes, financieros, artistas, líderes de izquierda, voceros del centro, intelectuales, gamonales, caciques políticos, todos decididos a respaldar un segundo mandato presidencial, que ahora ha quedado con una sola obligación: firmar los acuerdos de terminación del conflicto en el menor tiempo posible.
Maquinaria
Pero no solo ese mantra repetido tantas veces por tantas voces explica la reversión de la tendencia electoral y la victoria final del candidato-presidente. Fue necesario acompañarlo por las más básicas de las unidades políticas: la llamada maquinaria. Y de todas las tendencias: en Bogotá, por ejemplo, los petristas radicales, los jóvenes de estratos altos y los votos de opinión del centro-izquierda, movidos respectivamente por funcionarios del alcalde mayor, Gina Parody y Clara López.
La misma fórmula usada en la capital (donde pasó de una derrota estruendosa a una victoria amplia) le sirvió, con los dirigentes adecuados de cada región, para consolidar las ventajas en sus fortines: el Valle del Cauca y, especialmente, la Costa Caribe y para disminuir la brecha en donde era más débil: Antioquia, el Eje Cafetero y los Llanos Orientales.
El éxito o el fracaso del segundo mandato de Santos Calderón dependerá de que sea capaz de cumplir los compromisos que firmó para obtener esta angustiosa victoria electoral y, en mayor medida, de que entienda que casi la mitad de los votantes colombianos escogieron una propuesta de gobierno radicalmente distinta a la suya o se decantaron por protestar con el voto en blanco, pese a saber que tal expresión no tenía efectos políticos reales en esta oportunidad.
Y ante esas obligaciones aparecen amenazas. En el caso del ‘plebiscito’ por la paz, porque los colombianos no estarán dispuestos a esperar otros cuatro años para llegar a un final convincente del diálogo con las guerrillas. Esa premura puede jugarle en contra al presidente, si es que debe ajustarse al plazo corto cediendo a unos intereses de los negociadores subversivos que luego no sea posible ratificar por los ciudadanos en otra votación popular.
Pero la amenaza mayor está representada en el costo que tendrá que pagar por haber movilizado a tantas y tan diversas maquinarias políticas. Bien es sabido que en política toda adhesión tiene un precio. Nadie entendería que ese costo se tradujera en un gobierno amarrado por compromisos preestablecidos o que sea incapaz de cerrar a presión los tarros de ‘mermelada’ que tantas críticas despertaron. La corrupción, no debe olvidarlo el reelecto presidente, es un enemigo de los colombianos, tanto o más odioso que los grupos ilegales con los que seguramente firmará un punto final.
Bogotá. Tras la ratificación del mandato del presidente de la República, Juan Manuel Santos, por otros cuatro años, se genera una gran tranquilidad entre los partidarios de lograr un paz negociada con las guerrillas de las Farc y el Eln.
Esto porque la reelección del presidente Santos implica que el proceso de paz con las Farc, que se está llevando a cabo en La Habana (Cuba), continuará como estaba trazado en la agenda definida en agosto de 2012. Del mismo modo, esto significaría que los acercamientos que el gobierno está teniendo con la guerrilla del Eln podrán continuar su curso, hasta eventualmente establecer una mesa formal de diálogos de paz.
El exconsejero de Seguridad Nacional Carlos Eduardo Jaramillo aseguró que con la reelección de Santos “vienen mejores auspicios para la paz”. Según él, con esta victoria del Presidente es posible que el proceso comience a marchar más rápido, “porque ya está superada la incertidumbre de quién va a ser el próximo gobernante”.
Para él, el estrecho margen de casi un millón de votos en la victoria de Juan Manuel Santos no es sinónimo de que pueda haber una crisis de gobernabilidad durante su segundo mandato.
Por su parte, el presidente del Instituto para el Desarrollo y la Paz – Indepaz, Camilo González Posso, afirmó que “si bien esta victoria electoral es un voto de confianza de los colombianos en la paz, el hecho de que un 45% de los sufragantes haya votado por Óscar Iván Zuluaga es un indicio de que hay división en el país sobre el tema”.
Según González, “el Gobierno debe tomar medidas para unificar a la opinión colombiana en torno a la paz negociada, si lo que se busca es que esta sea estable y duradera”.
Para ello, González propone que se promueva desde la Casa de Nariño un 'Pacto Nacional por la Paz'. Según él, “la paz no depende solamente de lo que se firme en La Habana, sino también de la voluntad de los colombianos”. En este sentido, es importante que el gobierno socialice el proceso y lo discuta con todos los sectores de la sociedad civil y esto incluye a quienes votaron por Zuluaga.
González Posso asegura que “concretar un pacto nacional que abarque a todos los sectores es una tarea enorme, pero es lo que se debe hacer para que el proceso de paz en La Habana sea exitoso y se logre el compromiso de todos los colombianos para una paz estable y duradera”.
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