
Osvaldo Hernández
LA PATRIA | Manizales
Sin ser goleador como Sergio Galván o un talento en el medio campo como Arnulfo Valentierra, Alexánder Arley Padilla tiene un lugar de honor en la historia del Once Caldas. Hizo el gol en 1998 para clasificar por primera vez a la Copa Libertadores, anotó el primer gol internacional del equipo (la Copa Conmebol de 1999), y marcó el primer gol del Blanco en la Copa Libertadores.
Padilla, sin embargo, tiene una historia propia marcada por los guayos o las zapatillas que usaba. La primera le sucedió en el partido con Unicosta, en 1998, cuando el equipo accedió anticipadamente por primera vez a la Libertadores.
"A lo largo de toda la semana trabajé con el equipo titular, pero cuando llegó la charla técnica el profe Javier Álvarez hizo un cambio y pasé al grupo de suplentes. Me dio mucha rabia por no decir otra palabra. Como sabía que al cuerpo técnico, sobre todo a Alberto Duque, el preparador físico, no le gustaba, me puse unos guayos de color fuerte (fluorecentes). En ese momento no se dieron cuenta o no me dijeron nada al verme tan enojado. Y así nos fuimos al partido. Pasaron los minutos y nada del gol. Faltando 10 minutos para el final, como siempre ocurría, el profe nos mandó a calentar. Tenía la ilusión de jugar, pero los aficionados la agarraron contra mí por el color de los guayos.
Me decían de todo..."eyyy, quítate esas lámparas, quítate esos escarpines, respetá el equipo".
El profe me llamó en medio del agite y me dijo que con esas zapatillas no jugaba. Uno de los compañeros se lesionó y para esa posición solo estaba yo en el banco y entré. Lo hice justo en una falta que hubo a unos 35 metros del arco rival.
Fue increíble lo que sucedió en ese instante en medio del desespero de los aficionados porque nada que se anotaba. Le dije a Arnulfo Valentierra, Valen, dámela yo le pego al arco, dámela yo me estreno estas lámparas (guayos). Valentierra, dudó unos segundos, pero me la dio y le pegué con el corazón y ¡golazoooo!. Fue un momento increíble por lo que significaba el gol, la victoria y la fiesta en las gradas.
Después nadie se volvió a acordar del color de los guayos. Al partido siguiente me los puse para jugar ante Santa Fe e hice gol y después volví a marcar en Bogotá. De ahí en adelante ya los aficionados me pedían que me los pusiera para jugar".
La segunda historia fue dos años después, en la Copa Libertadores, en Paraguay, Padilla fue multado en el equipo también por unos guayos.
"Nos fuimos al entrenamiento y se me quedaron los guayos en el hotel. Me devolví por ellos en un taxi, le pagué el servicio al señor y cuando llegué a la cancha me di cuenta que los había dejado en el taxi. Ese día no pude entrenar y me sancionaron".
Hoy, Padilla, con 46 años, vive en Medellín y es comerciante.

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