Jaime Alzate


En estos días, estando reunido con varios amigos y lógicamente hablando de política, lo que nos tiene completamente apendejados, me preguntó uno de ellos por qué teniendo muchos temas para escribir había dejado de lado las elecciones de congreso y las presidenciales para comentar, sobre todo, el gigantesco sainete que se ha formado con el desapacible y todavía alcalde de Bogotá, Gustavo Petro. Mi respuesta no podía ser otra que la misma que daría cualquier colombiano medianamente interesado en estos asuntos: lo que pasa es que por más cabeza que le meto a estos asuntos, menos estoy entendiendo de qué carajos se trata, y la falta de claridad con que los están manejando hace que por ahora me dedique al más cercano y enredado tema judicial.
El galimatías que se nos ha incrustado como hiedra venenosa, no nos está dejando respirar, no simplemente por las oscuras movidas que esgrimen algunos partidos, sino porque, desafortunadamente, todo está más que confuso ya que el principal órgano de una sociedad democrática como es el Poder Judicial, está tratando de sobreaguar en lodos pantanosos, y en vez de ser el faro que nos debería de guiar en estas difíciles épocas, el lastre de descomposición que arrastra desde hace años y que últimamente ha empeorado, nos hace correr el riesgo de terminar hundidos en aguas profundas.
Veamos, por ejemplo, lo que está pasando con un individuo que en mala hora fue elegido como alcalde de la capital de la república, el inefable señor Petro. Su elección le costó el tener que desnudarse ante la opinión pública, mostrando todas sus peladuras y perdiendo cualquier resto de prestigio que pudo haberle quedado después de su paso por las hordas guerrilleras. En ellas mostró la falta de patria que tienen los que abanderados con el trapo de la irracionalidad, cometen toda clase de iniquidades. Después se lanzan a las calles a conseguir votos con base en mentiras y engaños, haciéndose pasar como los salvadores de Colombia en medio del maremágnum que hace que sus mismas crueldades nos lleven a que los repudiemos. Y además de esto, desde su posesión dejó claro que su petulancia e ineptitud para desempeñar el segundo cargo más importante del país iban a ocasionar desastres, como en efecto sucedió, en la ciudad que maneja más del 50% de la actividad económica del país.
La lista de todo lo que Petro ha hecho mal o ha dejado de hacer es tan larga, que en forma unánime estamos, tal vez por primera vez, ansiosos de que la justicia haga un esfuerzo grande, y por lo menos obligue a que se cumpla lo ordenado por la Constitución y las leyes, y evite que personajes que solo buscan su propio bienestar y se olvidan del resto, le sigan propinando puñaladas traperas al Estado de derecho.
Ahora parece que habrá que esperar de dos a tres meses más antes de que el Consejo de Estado se pronuncie, con el riesgo de que en ese momento se entable otra tutela y así vamos llegando hasta el año 2015, cuando el alcalde, si le da la gana, entregue el mandato al finalizar el período para el que fue elegido. El jueves pasado, otro personaje salido de las entrañas de la Guajira, el magistrado J.M. Armenta, acaba de atravesar otro palo a la rueda, y se nos viene encima una dilación más para el proceso.
Ya se nos están llegando otros problemas con las elecciones presidenciales y para Congreso. Después de tantos años de práctica electoral, todavía no nos acostumbramos a los regímenes electorales, y a medida que se aproximan las fechas van apareciendo trabas que terminan, desde la Constitución de 91, sometidas a fallos de tutela, instrumento legal que fue creado con buenas intenciones, pero que se les olvidó a los constituyentes que la politiquería con que nacimos los colombianos iba a obligar a reformar estas tutelitis antes que ningún otro artículo de la Constitución, o nos veremos enredados en más problemas que los que estamos padeciendo.
P.D.: En los momentos difíciles de la vida uno debe levantar la cabeza, sacar el pecho y decir con mucha seguridad: ¡hoy sí que estoy hecho mierda!
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