Efrain Castaño


Federico Chopin murió en Francia el 17 de octubre de 1849; me llama la atención que en tan corta edad, treinta y nueve años; llegue a una perfección tal en la ejecución del piano que se le denominó: "el poeta del piano".
Nacido en Polonia y llevando una infancia normal, hereda de su familia el arte musical y ya desde pequeño se emociona por los sonidos del piano que su padre toca con exquisito gusto.
Decide ir al Liceo para aprender con la mayor técnica posible todo lo referente a la interpretación musical sobre todo en el piano; tiene doce años y ya se empieza a hablar de él en Varsovia; se le admira y se le aplaude.
Se esfuerza en su formación y además de música estudia química, matemática, física e historia; todo le sirve para llegar a tener un acopio de conocimientos adquiridos tanto por la observación como por el estudio; quiere hacer lo que hace con perfección; visita Berlín, Londres, Viena y finalmente se traslada a París que llegará a ser su segunda patria.
Se afina la etapa de la composición musical; algún día Shuman al escucharle interpretar el piano enmarcó su impresión diciendo ante todos en voz alta: "señoras y caballeros descúbranse: he aquí un genio".
Fue hombre de buenas relaciones con todos; varias mujeres pasaron por su existencia pero todas en una rectitud de trato; era exquisito para todo anotan quienes lo conocieron.
Su composición musical es fecunda y numerosa además de bella; compuso baladas, barcarolas, boleros, canciones, conciertos, fantasías, mazurkas, nocturnos, preludios, scherzos, sonatas, valses y sobre todo sus famosas "polonesas" que arrancan al piano notas que parecen danzar como mariposas en el aire.
Pero hay un telón de fondo: las dificultades no faltaron en la obra y vida de Chopin; estas no lograron frenar ni hacer decaer el trabajo musical de Federico; amaba y del amor sacaba fuerzas para trabajar aun cuando la enfermedad asomó temprana en su existencia; ni vencimiento ni retiro fueron actitudes de este valiente hombre; en algún momento escribió a una amiga: "toda dificultad eludida se convertirá más tarde en un fantasma que perturbará nuestro reposo".
Su mascarilla y la reproducción estudiada en yeso de su mano son vestigios que se conservan como gratitud a este genio de la música y de la interpretación del piano que hacía brotar sentimientos sacrales en el espíritu hasta conseguir el calificativo que le da Juan Manen: "un místico laico".
Tal vez de piano poco sepamos muchos y de arte menos, pero sí podemos llegar a tener mística, es decir pasión amorosa por lo que hacemos cada día, por lo que realizamos con nuestras manos, pies, voz y mente; ojalá seamos cercanos a la perfección en lo que hacemos.
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