Eduardo García A.


Llegé al Hotel Majestic el 19 de septiembre de 1994 por la mañana para iniciar desde allí con escritores colombianos un viaje a la mítica región de Tlaxcala.
Hace un día esplendoroso, con una bruma matutina adosada a la Catedral y al
Palacio Nacional y el sol se cuela entre ese dúctil algodón de brisa sobre la inmensida del Zócalo de la Ciudad de México. En el lobby están esperando Juan José Hoyos, Julio Olaciregui, Aguilera Garramuño y Tomás González.
En este punto se situaba el centro de la antigua capital azteca de Tenochtitlán y estamos a cien metros de los templos donde sacrificaban a los guerreros, sacándoles su corazón con cuchillos de obsidiana.
En el viaje voy con Fanny Buitrago, por quien siento gran admiración literaria y simpatía. Hablamos de Alejandro Obregón, que tal vez fue alguna vez su novio, y de las malas energías. Me muestra su amuleto.
Llegamos al valle de Tlaxcala, situado entre 2.000 y 3.000 metros sobre el nivel del mar. Al fondo están nítidos los volcanes Popocatépetlt e Ixtazíhuatl, los mismos de la novela Bajo el Volcán de Lowry, los mismos que vieron estos pueblos milenarios, miles de años antes de que llegaran los hispanos.
Del Popocatépetl, volcán humeante, sale una estela de algodón y se dispersa en el azul del firmamento. Esta tierra es de las más bellas de México. Es una altiplanicie fértil y fría que fue sede de los tlaxcaltecas, enemigos de los aztecas y quienes se aliaron con Hernán Cortés para derrotarlos en venganza por su cruel y sanguinario imperio militar.
En Cacaxtla se encuentran unos murales de fines del milenio pasado, de verdad espléndidos, con figuras guerreras, serpientes barbadas ondeantes de una imaginería oriental, garzas, y en el fondo, un colorido excepcional. Escenas guerreras con hombres descuartizados, de quienes penden los intestinos sanguinolentos. Príncipes guerreros con penachos. Escenas inherentes al hombre sanguinario, destructor, infiel, desleal, asesino.
Aquí o en cualquier otro lugar del planeta ha dominado la crueldad del homo sapiens a lo largo de los milenios. ¿Cuántos murales del México antiguo desaparecieron? Esto apenas es una muestra mínima del amplio palacio, de los aposentos y sedes del poder de una provincia prehispánica. Recorremos en paz los sitios. Al fondo se ve una pirámide aún más antigua y enorme, a la que no se tiene todavía acceso.
Luego experimentamos la experiencia culinaria. Siempre con los volcanes nítidos al final del valle, emprendemos un viaje por la comida de esas antiguas civilizaciones. El guía Mario Ríos nos acompaña en la mesa. Él es un verdadero y simpático comelón mexicano y no lo niega. Posee esa amabilidad maravillosa del mexicano del pueblo. Primero nos ofrecen tlacoyos de maíz con frijol adentro, luego quesadillas de maíz azul como en los tiempos prehispánicos, cerveza, tequila, un caldo de cordero y cabrito horneado, un postre de queso exquisito cubierto de crema.
Bajamos después del almuerzo con el gobernador Álvarez Lima, quien cobijó en su estado las conversaciones de paz entre las guerrillas y el gobierno colombiano, en su vehículo, hacia la capital, precedidos por un policía en motocicleta. Vamos con Fernando Cruz Kronfly, Fanny Buitrago, R.H. Moreno Durán, y el gran Óscar Collazos, que ha recorrido ya todos los mundos y los ha escrito.
El gobernador es inteligente, parece un actor carismático y es una figura diplomática e ilustrada del PRI. Saluda a la gente del pueblo, a los que llevan la alfalfa en carretas de caballos o en burro. El nos habla de su estado, de las edificaciones coloniales, de las funciones del valle en tiempos milenarios. Y de que allí se fundó la primera ciudad española de México.
El lugar fue escogido por los españoles no solo por su belleza y clima, sino por ser sede de los indígenas aliados suyos contra los aztecas.
Aquí cerca está la extraordinaria y barroca Cholula y a lo largo de su pequeña extensión más de 400 templos coloniales con joyas inenarrables y cuadros y baroquismos arquitectónicos sin fin. Estas tierras siempre fueron de guerra y ahora son de relativa paz.
Con Darío Ruiz Gómez, quien fue un maravillosos anfitrión en Medellín, estuve a punto de morir en una balacera de narcos en un café de esa ciudad. Con Fernando Cruz Kronfly recorrimos una vez las calles de Guadalajara en compañía de Manuel Mejía Vallejo. Y ahora coincidimos de nuevo en Tlaxcala.
De regreso, con Fernando Vallejo hablamos de los orígenes de la vida, la teoría de Darwin, el surgimiento del homo sapiens, la muerte, la vida, el cosmos, el big bang, el cerebro, la evolución. Terminamos hablando de la inteligencia y el reloj de la muerte que nos lleva al final y sobre las razones del deterioro ineluctable de los cuerpos.
Desde hace mucho tiempo se sabe que no hay nada mejor que ver las cosas y la vida desde la lejanía geológica. Con el poeta moscovita y cundinamarqués Jorge Bustamante García, hemos hablado ya no de la primera célula sino de las piedras y los magmas volcánicos, la formación de la tierra, el big-bang o la noche anterior al mismo, 14.000 mil millones de años antes. Frente a esos temas verdaderos ¿Qué importa la vida literaria y nuestras precarias palabras?
Todos los que estábamos en este paseo literario colombiano por Tlaxcala moriremos en unas décadas, unos antes otros después, y todo habrá pasado como una burbuja, un episodio más de esta aventura cósmica, tan anónima como las pinturas de Cacaxtla que apenas llevan mil años y nos parecen eternas.
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