Jaime Alzate


Estoy escribiendo esta columna casi al amanecer del viernes, bajo una fuerte tensión por el drama que desde hace tres meses están viviendo nuestros vecinos por la incertidumbre tan tenebrosa que les ha tocado vivir, pensando que el futuro de su país esta pendiente de un hilo sin tener ni la mas remota idea de cual va a ser el destino final del presidente Chávez, uno esos personajes que aparecen muy de vez en cuando en la historia de los países convirtiéndose en el péndulo de un futuro que en su desconcertante vaivén, unas veces indica buenas noticias, pero la mayor parte señala un destino incierto para sus países.
Desde que el mismo comandante Chávez dio a conocer a Venezuela y al mundo la grave enfermedad que está padeciendo, todo en ese país se ha convertido en un revoltijo de tal magnitud que pocas veces se había visto en América Latina una polarización política de esa magnitud. La noticia coincidió con las elecciones para elegir presidente de la República Bolivariana de Venezuela, en las que a pesar de haber salido triunfador el partido de gobierno, se fortaleció ideológicamente en forma notable la oposición, colocándose en una situación capaz de enfrentar en poco tiempo a quien durante tantos años ha tenido en sus manos el destino de su pueblo.
La opinión del mundo está a estas horas esperando con ansia el desenlace de este drama interminable, que puede poner en grave peligro la estabilidad económica del mundo, por el poder que tiene Venezuela basado en sus enormes reservas petroleras, que le dan al gobierno de esa nación la posibilidad de controlar, junto con los países del medio oriente, gran parte de la economía mundial. De allí resalta la razón de que todos los países sigan pendientes del desenlace de la suerte de Chávez. Sabemos muy bien que el comandante presidente ha manejado la economía de su país como si fuera plata de bolsillo, repartiendo ingentes cantidades de dólares a todos los gobiernos que le inclinan la cabeza respaldándolo en sus tesis antiimperialistas, prefiriendo ayudar a manos llenas a los aliados que están a su lado, que hacer inversiones importantes que saquen de la pobreza extrema en que se debaten los habitantes de las clases pobres venezolanas.
Lo más increíble de todo es que desde hace un mes, fecha de la última partida de Chávez a la patria de sus colegas, los hermanos Castro, para seguir con sus tratamientos, solo se han dado a conocer informaciones fragmentarias donde se habla de la gravedad de su enfermedad, que últimamente se ha complicado con problemas respiratorios, pero que no dejan conocer cuál es la real situación de Chávez, dando pie al aumento de los rumores, muchos de los cuales incluso lo dan por muerto, gobernando como el Cid Campeador.
Hace un mes escribí esta columna con el título "El fin se acerca" en la cual le daba muy pocos días de vida a este, al parecer, inmortal personaje, y desde ese momento expresé temores de que su muerte era inminente, en lo cual reconozco que me equivoqué. En lo que sí acerté fue en el enfrentamiento que se veía venir entre los dos más importantes y posibles sucesores del presidente: el canciller Maduro y el verdadero jefe de la política y comandante del ejército en la sombra Diosdado Cabello. Hoy no se sabe quien está gobernando a Venezuela, porque Chávez nombró a Maduro como su sucesor, y así se cumplirá hasta que exhale su último suspiro, pero tan pronto se informe de su muerte, va a ser muy difícil que Cabello y todos los militares, acostumbrados a todas las prebendas que les ha dado el gobierno, vayan a proceder como mansas ovejas y entregar el mando a los civiles.
Grave situación y desenlace todavía mas complicado, porque lo que está en juego la estabilidad de la región, en la cual aunque no lo creamos estamos los colombianos metidos hasta el cogote.
Quedan pocas horas para el desenlace final y esperemos que todo este drama se resuelva dentro de la mayor calma evitándonos mayores problemas, y así volver a respirar con cierta tranquilidad hasta que se salgamos de esta agotadora incertidumbre.
P.D.: De mis disparates de juventud lo que más pena me da no es haberlos cometido, sino el no poder volver a cometerlos.
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