Efrain Castaño


Cuando tomo la tecla para escribir encuentro que hoy es un día más, sencillo y común; me hubiera gustado escribir el día primero en la memoria de Santa Teresita de Jesús, muerta a los 24 años y de quien se decía que nada especial se podía decir de esa joven que mantenía cual Monalisa una sonrisa de interno gozo porque amaba sin ser compulsiva a Dios, a los demás, a la creación y mantenía muy dentro el jorgeo de una paz infinita la que brota de una limpia conciencia y un puro amor a todo.
Me gustaría también escribir sobre el día 4 de octubre día de la memoria de San Francisco de Asís, el hombre del inmenso corazón, de mirada de gozo para todos y todo, de bálsamo para todo dolor, de ánimo para toda ocasión, aquel que saboreaba su frase de fondo: "mi Dios y mi todo" y que aprendió a transitar por este mundo mirando más las rosas que las espinas, con una sencillez de hermano universal y que decía a sus hermanos de comunidad: "hablen menos y muestren más" al hablar del Reino de Dios.
Pero encuentro que hoy no es apto para hablar ni del uno ni de la otra; que hoy es un día más, como cualquiera, sin estar enmarcado en un acontecimiento especial como lo aprecia el mundo de hoy que busca "eficiencia, eficacia, fama, fortuna" y muchas más efes en delirio.
De repente me acuerdo de varias cosas que impulsan las teclas para que se expresen en palabras que animen; en efecto estamos en el mes de octubre que es mes Mariano y Misional y que este año da inicio al Año de la Fe como acontecimiento que debe jalonar nuestro caminar con ráfagas de bellezas al lado y lado del camino.
Me anima afirmar que es en este "día más" donde Dios da sin cesar las semillas para crecer hacia los días especiales que alumbran la vía; es que de tanto buscar lo grande, brillante, vistoso, super inteligente y hermoso, nos privamos de las chispas que por todas partes brotan de belleza y sabiduría.
Olvidamos casi permanentemente que Jesús de Nazareth anotó que el Reino de felicidad buscado por todos es en la realidad diaria: "más pequeña que cualquier semilla" (Marcos 4,31), y que para Él es tan valioso el milagro que resucita a Lázaro como la monedita que deposita la viuda pobre en la alcancía a la entrada del templo porque ambas acciones regalan amor como un panal regala miel sabrosa y saludable.
Olvidamos que todas las estanterías de libros sobre religión que tanto nos ayudan, que la hermosura de las catedrales o las obras de arte que sirven para buscar y expresar nuestra fe, Jesús todo esto lo resumía en una sola palabra que le permitía tener fuerza para mirar, caminar y hasta subir a la cruz como un malhechor; todo el misterio de Dios cabía para Jesús en una corta palabra aramea que lo hacía sonreír y cantar: "Abba", es decir "Padre, papá".
Fue la vida minúscula, diaria, corriente la que convirtió a María de Nazareth en apta para ser Madre de Jesús, Madre de la Iglesia, Señora del Universo. Vale este día más.
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