Fanny Bernal Orozco


Un hombre vivía con sus cuatro hijos. Su mujer había muerto años atrás, y su única hija vivía lejos de él. El hombre era ya anciano, le costaba mucho moverse y cada vez necesitaba más ayuda. Quería mucho a sus hijos y a sus nueras, pero lo cierto es que no se ocupaban de él lo suficiente. No tenían mal corazón, pero estaban tan concentrados en sus asuntos que no podían hacerse cargo de él.
La felicidad más grande del viejo eran las visitas que le hacía su hija. Sin embargo, no quería preocuparla, y por eso cuando estaba con ella, no se quejaba nunca. Sabía que si se enteraba que él sufría, sufriría ella también desde lejos. No obstante, durante una de esas visitas la muchacha vio a su padre algo desmejorado, y después de insistirle durante algunas horas, su padre le contó lo que le pasaba.
-Tienen demasiadas cosas en la cabeza, y yo soy una molestia. Sólo me tratan bien si creen que pueden sacar algo a cambio. La muchacha sonrío. Conocía a sus hermanos, y entendía lo que le decía su padre. Esa noche se acostaron pronto, pues el día siguiente ella debía emprender el viaje de regreso. Antes de marcharse le entregó una cadena de oro. -Cuando necesites algo, muéstrasela. Ya verán cómo se prestan a ayudarte enseguida.
El hombre le dio las gracias con una sonrisa a su hija y se despidieron con un fuerte abrazo.
Los días siguientes fueron muy agradables para él. Tal cómo le había indicado su hija, se colgó la cadena al cuello. Una de sus nueras no pudo evitar preguntarle:
-Padre, ¿Qué hacéis con ese precioso collar?
-Será para aquel que me cuide mejor antes de mi muerte.
A partir de entonces, los hijos y las nueras se deshicieron en favores. Nunca el anciano había comido tan bien como entonces, nunca había pasado tantas horas en compañía de sus hijos, charlando. Sus últimos días habían transcurrido así:
Cuando murió, su hija volvió al pueblo para asistir al entierro. Llegó a la casa y preguntó si su padre había dejado algún mensaje para ella.
–Sí – le dijo su hermano mayor- ha dicho que te digamos que la leña del patio es muy buena, pero no entendemos qué es exactamente lo que quiso decir.
La muchacha salió al jardín y rebuscó entre la leña. Allí encontró su collar de oro.
Tomado del libro ‘Cuentos de amor de todo el mundo’. Recopilación de Anna Guitart.
Hace solo unas semanas se publicó en un diario de la capital colombiana, un dramático informe sobre el abandono y el maltrato físico y emocional al que están siendo sometidos padres y viejos. La historia de hoy aunque no es tan dolorosa como la crónica publicada, ilustra en cierta forma una verdad difícil de ocultar.
Y es que convivir con una persona enferma no es tarea fácil, el ritmo cotidiano y doméstico de una casa cambia de manera abrupta, horarios, comidas, visitas, salidas, descanso, sueño, todo ello acompañado de la constante sensación de haber perdido la libertad, y la imposibilidad de alcanzar parte de los objetivos de vida, además del riesgo que el cansancio y alto nivel de estrés producen en los cuidadores.
Cuidar de un enfermo requiere paciencia, respeto, sensibilidad, empatía, entre otras actitudes, para comprender desde el dolor físico, hasta los estados de indefensión, soledad y desesperanza, de quienes ya no pueden valerse por sí mismos y demandan que se les garantice un trato con dignidad.
En este sentido la interacción de enfermo y cuidador, tiene además de proximidad física, intimidad emocional, lo que genera respuestas que en diversas ocasiones no son las más adecuadas en momentos de la vida, tan importantes, para cada uno de los involucrados en esta experiencia.
Es común cuando se visita a una familia que está conviviendo con un enfermo y su enfermedad, que además del dolor y el cansancio, se sienta rabia y culpa, emociones que crecen y perturban dificultando considerablemente la tarea de cuidar.
Le invito a que se haga las siguientes preguntas:
-¿Ha estado enfermo y le han cuidado?
-¿Sabe cómo cuidar a sus seres queridos?
-¿Ha pensado cómo sería estar en estado de indefensión?
-¿Dejaría a sus viejos abandonados?
-¿Le han abandonado en momentos de enfermedad?
-¿Cree que otros le cuidarían solo por interés?
-¿Ha pensado que cada vez el amor es más escaso?
Cuidar a un enfermo es una experiencia de crecimiento emocional y espiritual, que ayuda a pulir y a aprender a expresar gratitud, además de entender y quizás aceptar que ni la vejez, ni la muerte se pueden detener.
¡No siempre se tiene la posibilidad de tener bienes, para esperar algo a cambio!
*Psicóloga
fannybernalorozco@hotmail.com
El uso de este sitio web implica la aceptación de los Términos y Condiciones y Políticas de privacidad de LA PATRIA S.A.
Todos los Derechos Reservados D.R.A. Prohibida su reproducción total o parcial, así como su traducción a cualquier idioma sin la autorización escrita de su titular. Reproduction in whole or in part, or translation without written permission is prohibited. All rights reserved 2015