Efrain Castaño


No es el anuncio de un nuevo tipo de televisor con las maravillas que hoy nos ofrecen. Es el recuerdo de que el 13 de junio de 1954 (hace hoy 58 años) la televisión se inauguró en Colombia como servicio público.
Al inicio era corriente ver frente a las vitrinas de unos pocos almacenes grupos de personas que en las primeras horas de la noche se paraban para mirar con asombro las imágenes en blanco y negro que ofrecían aquellas cajas mágicas.
Poco a poco el televisor fue entrando a los hogares de los colombianos y cambió las costumbres y comunicación de los miembros de la familia; ya no hablaban o daban su parecer los padres de familia en el hogar sino el animador o animadora de turno que traían ideas, artículos, concursos y amenidad.
La oración en familia y la reunión hogareña desaparecieron para dar paso a la reunión frente al televisor; aquel 13 de junio marcó definitivamente la vida de los colombianos y nos introdujo al mundo de la imagen, de la técnica moderna; en gran parte igualó a los seres porque con el tiempo el televisor estuvo entronizado en la sala tanto del más acaudalado núcleo familiar como del humilde y pobre hogar que así fuera para quedar en deuda adquiría el medio de estar al día, aparejado en la información y el entretenimiento.
Hay personas que han visto en la TV una manera burda para destruir la familia, la manera personal de pensar y opinar, pero creo que por el contrario ha sido un regalo de la ciencia que madura en los dones del Señor y nos permite ampliar el horizonte de los conocimientos, nos trae a casa la opinión y el acontecimiento que sucede en forma instantánea o simultánea.
El servicio de la televisión es innegable y oportuno; el cardenal Carlos María Martini cuando era Arzobispo de Milán vio tan profunda la influencia de los medios modernos de comunicación que dedicó dos años en su Arquidiócesis a invitar a todos a mirar la presencia positiva de estos medios: prensa, radio y TV en la vida de cada día.
En los años 1990 y 1991 escribió dos cartas a los fieles de Milán invitándolos a no tener miedo a estos avances técnicos sino por el contrario saber incrustarlos dentro de la vida cristiana que es apostólica y evangelizadora por esencia.
Insistió en la necesidad de formar el criterio y juicio para poder usar con inteligencia, madurez y utilidad lo emitido por estos medios en especial la televisión.
Lo importante es no dejarnos devorar por los contenidos sino saber que el televisor es como un nuevo interlocutor que nos propone, informa y enseña; de nosotros depende saber recibir lo bueno, lo mejor, lo constructivo.
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