Efrain Castaño


Alistémonos para el desfile de adolescentes aceleradas y bien pintadas que van a empezar a lucir su belleza a imitación exacta y hasta aumentada de la tan publicitada y agrandada "prepago", amplificada hasta el máximo por las pantallas de televisión en esta época.
Todos pasivos mientras cada noche emana abundante la enseñanza a nuestras niñas y jóvenes sobre todo cómo lucir su cuerpo, sus encantos naturales de la edad y hacer de todo ello camino de dinero y placer; no seamos ciegos: la televisión vende y muchas seguirán hipnotizadas las aventuras nada edificantes de la chica prepago abriendo una manera de ganar y figurar.
De ropa común a ropa de marca, de moda simple a vestimenta de luces, colores y medidas especiales, para agradar y encantar y así pescar, atraer y de nuevo ganar dinero, adquirir muchas cosas, sentir la admiración del entorno.
Me preocupa esto por el futuro que propone, por el sufrimiento que va a representar para muchas chiquillas que vivirán el fuego pasajero de su juventud y quedarán para muchas solo cenizas, enfermedades, tristezas, traiciones, engaños, explotación, fracaso.
Hay una riqueza callada porque nadie habla de ella, la desprestigiada y hasta la distorsionada en burla; es como cofre que contiene la joya de la alegría limpia, la satisfacción profunda de vivir, el alargamiento de una vida en clave juvenil y ascenso.
Lo aprendí de una pareja de inquietos jóvenes con bellos corazones; ella estaba celebrando sus quince años y él, su primo, once; quisieron celebrar su cumpleaños con una eucaristía alegre e iluminadora.
Mientras se cantaban las canciones de entrada, la alabanza a los quince años como explosión de vida que deja atrás la infancia y llega al portalón lustroso de la juventud, camino que construye la vida en su desarrollo feliz, todos nos congregamos entorno al altar, mesa festiva de encuentro amoroso entre Dios y sus hijos.
Canto, oración, felicitaciones, comunión eucarística: todo era como un pentagrama que canta a la vida en la bella expresión de un año más, de un deseo de seguir adelante, de acertar en los pasos que se dan.
Al final palabras de acción de gracias a Dios por la vida, de petición de bendiciones para la quinceañera y el primo cumpleañero; aplausos, canto del "cumpleaños feliz", besos y abrazos de gozo.
De repente un gesto poco usual: ella y él que recibieron un anillo de cumpleaños lucieron su prenda; ella anotó: "Señor, he querido recibir este anillo como signo de compromiso contigo y la vida; quiero hacer la promesa de llegar casta hasta el momento en que decida el curso de mi existencia futura; quiero ser casta, pura, limpia de palabra y obra; el chiquillo radiante aseveró lo mismo; hubo lágrimas en muchos.
Al salir del hermoso momento pensé: es injusto publicitar tanto la negación de la castidad y dejar callada la riqueza juvenil. Gracias quinceañera.
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