Pedro Felipe Hoyos Körbel


Dentro de la historia universal, en esa gran galería de hombres y mujeres únicos, existen pocos que producen tan encontradas reacciones como el alemán Martín Lutero. Controversial y peligroso tanto que le podía acarrear un proceso ante la inquisición al católico que fuera sorprendido leyendo cualquiera de sus libros. Muchos católicos, aún hoy, no le han ‘perdonado’ el haber dividido a la Iglesia Católica a principios del siglo XVI. Esa posición poco tiene de válida, más en un mundo secularizado como el actual. ‘Luterano’ era hasta no hace mucho un insulto que recaía sobre aquellos que desafiaban la autoridad, ya sea eclesiástica o civil. Por supuesto que el papado sufrió, aunque los excesos de la Iglesia Católica en esa época eran extraordinarios, así no fueran comparables con los conflictos de hoy. Una reforma era inevitable.
Repasar la personalidad y, sobre todo, la obra de Lutero incluye el interesante riesgo de encontrar aspectos sorprendentes que relativizan los radicales juicios del pasado, para darnos cuenta los vínculos que tenemos con el famoso teólogo de Wittenberg.
Cuando Lutero, dentro sus planes de reforma basada en la acepción estricta del texto evangélico, replanteó la liturgia reduciendo su contenido ritual al mínimo, pero dándole toda la fuerza a la palabra, dio un cambio que marcaría a Occidente profundamente. La palabra es el insumo básico del pensamiento. A esto se le agrega que Lutero evolucionó de monje a doctor de la Sagrada Escritura, que enseñaba en una universidad, y que divulgó su pensamiento a través del libro impreso. Estas dos últimas instituciones, las universidades y la imprenta, son ‘invento’ precisamente de esa época y fundamento de nuestra modernidad. Nuestra sociedad es del conocimiento y del saber, eso como legado del hereje sajón. Lutero era un hombre de ciencia, ávido investigador y magnífico y prolífico escritor. Martín Lutero exigió e impuso, en esa época, la escolaridad para todos los niños de ambos sexos. Sabía bien que el conocimiento de Dios está en la Biblia y que cada cristiano debía acercarse a Él por medio de las Sagradas Escrituras, tanto que las tradujo al alemán (en 1522 el Nuevo Testamento y 1534 la Biblia completa), y esto solo se podía lograr con un pueblo que supiera leer y escribir. Estos niños y niñas alemanes no iban a leer solamente la Biblia, todo el saber impreso en libros pasaría por sus pupitres. En ese aspecto la Europa protestante logró una grandísima ventaja sobre la Europa católica. La ciencia surgió en ese territorio liberado de un papa infalible y una inquisición incontrastable.
Este hombre totalmente imbuido en el Medio Evo, ferviente creyente, le allanó a la Ilustración el camino. Se constituye entonces Lutero en una pieza fundamental dentro de la evolución del pensamiento en Occidente, por lo que la modernidad sin él no sería posible.
También Lutero se adelanta a los logros de la Revolución Francesa, la independencia norteamericana e inclusive a nuestra emancipación de España. Occidente es la cultura del individuo en contraste con Oriente o la América precolombina donde el ser humano se diluye en un todo. Para Lutero es de suma importancia la conciencia personalista. Cada cristiano debe ser salvado, cada caso merece toda la atención. Ante Dios sí existe la igualdad de todos los hombres, el alma de un rey no vale más que la de un mendigo. El cristianismo tiene como esencia al individuo más esta idea se había diluido durante parte de la Edad Media. Y es Lutero el que de nuevo pondera e insiste en el sujeto, fenómeno que solamente cobrará vigencia en el ámbito político casi 250 años después, cuando la burguesía aspiró a gobernar a Francia y los colonos ingleses también encontraron su valor como personas y aquí en la América española igualmente entendieron que eran tan descendientes de Pelayo como los españoles peninsulares. Más todas estas ‘revoluciones’ nunca fueron completas, siempre se discriminaba alguna parte de la población como lo fueron, por ejemplo, los esclavizados africanos. En cambio, Lutero le abrió las puertas a todos los bautizados sin la menor exclusión.
Es poco conveniente aislarse en dogmatismos y continuar transmitiendo juicios que carecen de un fundamento moderno, porque estos personajes de la historia universal continúan enseñándonos a entendernos. Lutero es contemporáneo de la conquista de América por los españoles y la comparación entre estos dos mundos ayuda vislumbrar la posición que ocupan cada uno de ellos hoy en día. Por antigua que sea la época, cada exponente es un eslabón más de la humanidad simbolizada en una cadena.
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