Francisco Santos


No deja de darme vueltas en la cabeza la pérdida de esos 75 mil o más kilómetros cuadrados de océano alrededor de San Andrés. ¿Qué más podemos aprender de ese desastre político internacional? ¿Dónde más fallamos como sociedad y como Estado? ¿Qué dice de Colombia, de su Estado, de sus dirigentes, de sus académicos, de sus universidades, de sus medios, de sus debates, de su memoria histórica este descalabro monumental?
Por nimio que parezca la primera lección es de cifras. Es increíble que aun no tengamos un dato oficial de cuanto territorio se perdió en el fallo. No en aproximaciones sino en cifras redondas y claras hasta el centímetro. Dice mucho de nosotros como nación y como sociedad: poco medimos y poca información tenemos luego poco control sobre las decisiones y sus resultados podemos obtener en materia de políticas públicas. Si no sabemos cuanto tenemos, ¿cómo lo vamos a controlar?
La precariedad en el manejo de la información que existe en nuestro Estado es abrumadora. Es casi imposible averiguar cuántos violadores condenados hay hoy en Colombia. O cual es porcentaje de condenas de un juez. ¿Cuántos soldados mutilados por minas antipersona tiene nuestro Ejército en los últimos 20 años? Ni hablar de hacer una distribución georeferenciada para saber si los violadores se concentran más en Medellín o si los jueces más duros del país son los de la Universidad Libre de Bogotá o si el municipio con más víctimas de minas es San Vicente del Cagúan. Es francamente aterrador y nos diferencia enormemente de los países desarrollados que miden todo.
Otra lección tiene que ver con la calidad del debate público. En la conciencia del país esta debacle debería haber sido prevista. Unas pocas voces, que poco se escucharon, advirtieron los riesgos. ¿Donde estaban las universidades y sus académicos? ¿Refugiados en su olimpo? ¿Dónde estaban los medios? ¿En su lucha por el raiting o el centavo de publicidad? ¿Dónde diablos estaba la cancillería? ¿O los partidos? Y quiero ser sincero me incluyo entre los que fracasaron brutalmente.
Pero no hablamos de cualquier debate y tampoco de una responsabilidad individual. Es más bien una responsabilidad colectiva e institucional. La calidad de nuestras instituciones, de nuestro debate político, de nuestra academia, de nuestros medios, de nuestra agenda pública colectiva es tan precaria que algo tan inmenso como esto pasó desapercibido hasta el totazo final.
En 1946 un académico gringo especialista en estudios soviéticos, George Kennan, escribió un cable al Departamento de Estado esbozando la política que su país debería tener frente a una Unión Soviética triunfadora, poderosa, enorme y expansionista. No enfrentarla, darle su espacio de protección incluyendo Europa del este y pelearle cada centímetro en Europa occidental y en el "tercer mundo". Era la política de contención que luego se hizo pública en un artículo en la revista Foreign Affairs, se debatió en los círculos académicos más importantes del país y evitó en un mundo nuclear la tercera guerra mundial.
En nuestro país ni si quiera tenemos facultades de estudios del Caribe. O una revista que inicie debates como el anteriormente mencionado. O unos ensayos públicos sobre nuestra política exterior frente al Caribe, a Venezuela o a Estados Unidos que repercutan en los medios y generen profunda discusión pública. Sigue siendo esto un tema casi privado que se debate en los salones de la casa de Nariño o del Palacio de San Carlos. Solo el fracaso lo saca del ghetto y lo lleva a la agenda nacional. Si, un país donde el debate público de varias semanas en los medios es la prostituta y el agente secreto no tiene tiempo de debatir cosas sin importancia como nuestra soberanía.
Me duele San Andrés. Pero me duele más Colombia.
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