Yohir Akerman


La Ministra de Relaciones Exteriores se metió en un gran problema por decir la verdad. Le puede costar el puesto. Paradójico pero cierto, ya que los cancilleres no pueden estar diciendo siempre las cosas como son. Su labor diplomática los obliga a maquillar, engordar, decorar o simplificar los mensajes para ser siempre prudentes y respetuosos.
María Ángela Holguín no fue cuidadosa. Fue sincera.
Es innegable que la prostitución se encuentra en todas partes y que donde hay un hombre existe esta actividad. Tratar de negarlo, o sentirse ofendido por el mensaje, es desconocer la realidad y manejar una doble moral.
El escándalo generado por el Servicio Secreto de Estados Unidos destapó una situación que era más fácil para todos, incluido Cartagena y sus gobernantes, mantener en la clandestinidad.
La ciudad amurallada, como otras en Colombia, se han beneficiado del aumento y sofisticación que ha ocurrido en el ámbito de la prostitución. La industria turística no ha sido la causa de ese crecimiento, pero sí su principal benefactor.
Es por eso que en reconocidos hoteles de las principales ciudades del país hay una permisividad tácita con esta actividad e incluso, en algunos, existen los famosos menús para solicitar prostitutas o prostitutos sin el menor pudor o sin ni siquiera sonrojarse.
La misma permisividad se maneja frente a esta actividad en restaurantes o reconocidos bares y discotecas de las capitales turísticas, como el lugar Tu Candela, donde los agentes de seguridad del presidente Obama negociaron con las chicas sus tarifas por sus servicios sexuales.
Como dijo la canciller Holguín, este problema no es de Cartagena. Lo que omitió es que es un tema de toda Colombia.
La herencia dejada por la mentalidad derrochadora del narcotráfico, e incluso la de las bonanzas económicas, han estimulado la sofisticación de esta actividad, pervirtiendo los estándares éticos de miles de colombianas y reduciendo la censura moral frente al hecho.
Son conocidas las historias de universitarias que se prostituyen, sin necesidad alguna, por altas cantidades de dinero para satisfacer sus costosos hábitos de compra o realizarse operaciones estéticas.
Como han establecido estudios sobre el tema, es un alto porcentaje de personas que prefieren hacer esto que tener otro tipo de trabajo, ganando en promedio entre cinco y doce millones de pesos mensuales. Una situación de decisión y no de necesidad que incluye, incluso, algunas actrices, reinas de belleza y modelos.
Es por eso que en las principales ciudades colombianas como Bogotá, Medellín, Cali, Barranquilla, Cartagena, Santa Marta, e incluso Pereira, Armenia y Manizales, la oferta es de todos los niveles, incluyendo la callejera, pero sobre todo la glamurosa de "escorts" y prepagos universitarias que se pasean por los restaurantes, bares y los mejores hoteles.
Tan sofisticado se ha vuelto el mercado que las mujeres colombianas son reconocidas en otros países de América Latina, junto a las brasileras, como las más apetecidas para la oferta de la prostitución glamurosa. El mercado las busca por sus atributos físicos y ellas se ofrecen interesadas en grandes sumas de dinero.
¿Reprochable? Cada quien lo podrá juzgar dependiendo de su moralidad.
Lo que es cierto es que la actividad ha dejado de ser exclusivamente de mujeres u hombres que por hambre tienen que vender su cuerpo. Eso, lastimosamente, aún existe junto a la trata de blancas y la prostitución de menores, todas actividades contra las cuales hay que luchar vigorosamente, pero claramente este no era el perfil de las trabajadoras que están en el ojo del huracán por haber estado con los estadounidenses.
Todo lo contrario.
Hay que dejar la doble moral que algunos gobernantes han mostrado frente al tema y hablar abiertamente de este mercado en Colombia para tratar de regularlo razonablemente con el objetivo de disminuir los daños que puede ocasionar sobre la salud pública.
Es claro que esta milenaria actividad no se podrá erradicar ya que la prostitución es un mercado que se regula por su propia dinámica, con unos factores que tienen que ver con su propia oferta y demanda en donde es suficiente que alguien pague por tener sexo y otro que recaude para conseguir el dinero, por las razones que sea y la cifra que le parezca.
No hablar de la prostitución de manera abierta y como un tema de salud pública, es seguir escondiendo el problema hasta el próximo escándalo.
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