Efrain Castaño


Era el veinte de julio: encontré al abordar el taxi a un conductor un poco asombrado por lo que en la carrera anterior había vivido; no entiendo -me dijo- lo que acabo de vivir; hice un servicio a cuatro jóvenes de un centro educativo que observando durante el recorrido una buena cantidad de banderas colombianas en casas y edificios preguntaron con sinceridad y ánimo investigador si era el equipo colombiano de fútbol tenía partido ese día.
No salía de su sorpresa el taxista amigable y creo que tenía razón; ignorancia inmensa tenían aquellos jóvenes que ni se imaginaban que las banderas no eran motivo deportivo sino la celebración de una importante fecha patria de independencia y pujanza.
Imposible amar la patria si se ignoran su historia y sus fiestas, si se cree que lo único importante es un gol o una actitud fuera de lo común casi siempre escandalosa y lesiva; es necesario hacer conocer a las nuevas generaciones la positiva historia del crecimiento colombiano que nos debe llenar de optimismo y nos llama a tomar parte del presente creciente y progresivo.
Conocer el recorrido de la hermandad nacional, de su territorio y principios que rigen el país inyectan sin duda gozo de pertenencia a una patria que con dificultades lucha, surge, progresa y tiene páginas y personajes para mostrar con dignidad al mundo.
Me parece digno de resaltar en este día el nacimiento del gran literato colombiano don Rafael Pombo nacido en Bogotá el 7 de noviembre de 1833; hombre de recia fe ingresó al Seminario de Bogotá y luego pasó al Colegio del Rosario; en el Colegio militar recibió el grado de doctor en matemáticas e ingeniería; viajó a Estados Unidos donde permaneció 17 años y regresó a Colombia lleno de sabiduría y con la inclinación de periodista y artista de la palabra escrita.
Cultivó todos los géneros líricos desde la oda hasta el diminuto epigrama. Entonó himnos altísimos a Dios, al amor y a la patria; supo escribir de manera elegante e inteligente, pero profunda tanto para los adultos e intelectuales como para los niños, aprendices de hermosuras.
Quién olvida las bellas obras para los niños: Michín, Pastorcita, Rin Rin renacuajo, la pobre viejecita, Simón el bobito, el gato bandido, el niño y la mariposa, la paloma y la abeja, el palomo de fiesta, el niño y el corderito.
Es catalogado como el poeta más completo que ha tenido el país; el 20 de agosto de 1905 fue coronado en el teatro Colón como poeta nacional, gloria de la patria.
En este año de la fe vale recordar obras de fe y mística salidas de su pluma como: María, la casa del cura y la cruz de mayo; su poesía enlaza la fe, los valores humanos, el optimismo y la picaresca nuestra con las expresiones de fina literatura.
Ojalá revivamos el amor a lo bello, lo recto y lo bueno.
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