Efrain Castaño


A diario se producen idas y partidas; muchos se van: del hogar, de la nación, del trabajo, de la Iglesia; unos parten airados, otros tristes, otros desalentados y otros porque llegaron al momento de no importarles nada ni nadie, ni compromiso ni ideales; el goce inmediato se ha convertido para algunos en su única religión, su ideal, su hacer.
Dejan un vacío, su presencia se reclama y a veces se llora; su ausencia deja un silencio y a veces un reproche, siempre un dolor. Pero la vida tiene su manera de mantener el vigor, la vitalidad, el auge; los que permanecen son fuerza, goce, aliento, esperanza.
Pero hay que ir aún algo más lejos y es mirar a los que llegan; sí: mientras unos parten hay otros que llegan, que sienten el llamamiento de la vida, del amor, del futuro, de la alegría.
El 29 de mayo de 1874 nació alguien que es prueba inmediata de esta realidad que se anota; llegó a la Fe cristiana, entró a la Iglesia, dio el paso después de vacilaciones y búsquedas, llegó y alegró.
Ese día nació Gilbert Keith Chesterton: escritor, crítico literario, periodista y ensayista inglés. Fecundo en sus letras, expresivo en su escribir, notable en sus ideas. Produce obras de difusión mundial como novelas, historia y poemas; sus pensamientos son citados como chispas de sabiduría y expresión en el sendero de la rectitud.
Leer sus obras es deleitarse y formarse; obras como "el hombre que fue jueves, la esfera y la cruz, los relatos policíacos del padre Brown" son acercamiento a la fluidez literaria y a la reflexión vital.
Su llegada a la Iglesia en verdad alegra a los creyentes y da luz a los no creyentes; sin fanatismo pero con claridad Chesterton dejó escrito su paso y decisión: "he llegado a la misma conclusión que Cecil, mi hermano, sobre las necesidades del mundo moderno en materia de religión y recta conducta; pienso como él que la lucha por la familia y por la libertad y por todo lo decente debe proseguir con la única forma combativa del cristianismo; todo esto lo he pensado por mí mismo y sin las prisas de la emoción".
En otra página anota: "estoy orgulloso de verme atado por dogmas que se dicen anticuados y por credos profundos (como dicen mis amigos periodistas con frecuencia), pues sé muy bien que son los credos heréticos los que han muerto y que solo el dogma razonable vive bastante para que se llame anticuado. No quiero una religión que tenga razón cuando yo también la tengo: quiero una religión que tenga razón cuando yo esté en el error".
Entró en 1922: al hacer en esos días su primera comunión le vieron colmado de emoción y dijo sereno a uno de sus allegados: "ha sido la hora más feliz de mi vida".
Murió el 14 de junio de 1936 en Londres; en su escritorio dejó escrito en un sencillo papel: "cuando se deja de creer en Dios enseguida se cree en cualquier cosa; quienes hablan contra la familia no saben lo que hacen porque no saben lo que deshacen. La Iglesia nos pide que al entrar en ella nos quitemos el sombrero, no la cabeza" - Mensaje para el Año de la Fe.
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