Efrain Castaño


En la difícil travesía por el desierto que el pueblo de Israel tuvo que asumir para llegar a la tierra prometida donde encontraría la libertad e identidad, narra el libro del Éxodo con su lenguaje de profundas lecciones de vida algunos gestos que impulsaron el ánimo del pueblo para seguir el camino en momentos de inmenso desaliento y cansancio.
Se dice que cuando el agua del mar y los ríos llegaron a ser no aptas para beber a causa de la sangre derramada caída en sus aguas, Dios ordenó a Moisés tirar un madero en la corriente y el agua se volvió de amarga a dulce, apetecible y gustosa; en otra oportunidad cuando el pueblo gritaba de sed y deliraba en cercanías de la muerte, por indicación de Dios Moisés dio golpes a la roca y esta regaló un brote abundante de agua fresca.
Los comentarios de estas bellas páginas bíblicas han aterrizado su significación con explicaciones que tocan la vida y la existencia de todos; ese madero lo han visto como signo de la cruz de Cristo, madero santo que ha trocado lo insalubre y sucio de la vida en el perdón, limpieza y gusto de la redención, liberación del mal que azota al hombre en su caminar por la vida.
Esa agua que brota de la roca la han comparado con el bautismo, agua que brota de la roca de la resurrección, vida nueva, liberación de la muerte, resurrección y luz.
En esta semana santa del año de la fe entramos al triduo sacro o pascual que nos lleva de la mano en la consideración meditativa de la Pasión, muerte y resurrección de Cristo; en estos días fuertes somos invitados a recibir de nuevo la fuerza de la vida, la novedad para la existencia, la posibilidad de salir de nuestros errores, de bañarnos en el agua tonificante que brota del madero y de la roca, es decir de la cruz y la resurrección pues dice el evangelio que el cuerpo de Jesús muerto, fue colocado en un sepulcro labrado en la roca; de allí brotó la resurrección para el mundo, para todos.
Pero hemos venido padeciendo de una carencia: hemos vivido muy bien las dos primeras fases de este proceso fundante: la pasión y la muerte pero nos quedamos frenados para celebrar la resurrección.
La mayoría de las personas acuden a las ceremonias de los días jueves y viernes; están prestas para la cena y la cruz pero luego desaparecen del panorama; el proceso queda recortado.
De allí que tengamos muchas personas que creen solo una parte de la realidad cristiana; padecer, sufrir y morir lo tienen como la herencia infaltable de la vida pero olvidan que el fin es el gozo, la felicidad, la realidad de la vida nueva que es la resurrección.
Madero y roca nos llevan de la mano para recorrer la semana mayor en un proceso que con el paso de Dios por nuestra vida nos lleve a cantar: Pascua y aleluya.
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