Jaime Alzate


Quise esperar hasta la madrugada del viernes antes de dejar por escrito mis opiniones sobre lo acontecido en la primera reunión que sobre la paz se realizó en Oslo el pasado jueves. Y tomé esta determinación porque no estaba convencido si lo que estaba pensando era solamente un pensamiento sesgado en contra de algo que, según el gran optimismo del presidente Santos, podría llegar a ser un gigantesco paso para alcanzar esa tranquilidad que con desespero hemos venido esperando en nuestra dolida patria, o si estaban pensando lo mismo que la mayoría de los colombianos.
Pero parece que no estaba en un error cuando me inclinaba a apagar el televisor para no seguir oyendo al vocero narcoguerrillero Iván Márquez, quien con toda la desfachatez del mundo comenzó la primera reunión de paz echándole, como cualquier terrorista que en efecto lo es, gasolina con fuego a una reunión donde, por lo que se pudo apreciar, los delegados del gobierno van a tener que tragarse todas las estupideces y aberraciones que les van a arrojar los conocidos asesinos de las Farc.
A estas horas todos los comentaristas políticos están expresando sus opiniones sobre lo que se vio en la primera reunión, y tal parece que mis dudas se han confirmado. La gran mayoría de periodistas no paran de considerar el discurso del botafuego de Márquez como otro síntoma de que lo que se viene no tiene nada de bueno.
Los que estamos llenos de pesimismo, ahora sí con toda razón, solo tenemos que apuntar un punto a favor, y fue la magnífica intervención de Humberto de la Calle. Si del lado de los sediciosos hubiera siquiera uno de ellos con las suficientes neuronas y la necesaria honradez para sentarse en una mesa de negociaciones y dejar en claro que es con realidades como se han sentado a negociar, y no con todo tipo de insultos y bellaquerías, tal vez podríamos pensar en forma más positiva. El doctor De la Calle fue sin duda el salvador de que la vergonzosa reunión de Oslo no hubiera terminado de un solo tajo. Su intervención fue un ejemplo de moderación que ojalá les sirva de guía a quien siga en el turno de la vocería de los bandidos.
Tengo que reconocer que yo nunca hubiera sido capaz de sentarme en esa mesa, y menos aún quedarme callado ante las groserías, que lógicamente no son solo de quien llevó la palabra, sino que provienen de un documento elaborado a varias manos, que reflejó lo que se nos viene encima a medida que vamos adelantando en el tiempo.
Me comentaba un amigo que la única diferencia entre lo que habíamos presenciado en la mesa de Oslo y las inolvidables conversaciones del Caguán era que al menos hasta ahora, no sabemos si mañana lo harán, los terroristas no se habían sentado con las ametralladoras que tan amenazantes esgrimían en las narices del entonces presidente Pastrana y sus delegados.
Ya no sé realmente qué pensar, pues a menos que las cosas cambien radicalmente nada bueno se puede esperar de esta tragicomedia. Tampoco he podido explicarme por qué demonios se tenían que planear estas reuniones en un país tan lejano, en todos los sentidos, de nuestra idiosincrasia. Por qué nos olvidamos que Noruega y los países nórdicos siempre han sido la guarida de los malhechores, quienes tienen a esos países como los mejores vivideros tanto para ellos como para sus familias, y son los sitios donde guardan, como está comprobado, sus grandes capitales provenientes del mejor negocio del mundo, como es el narcotráfico.
Si los gobiernos de Colombia y Noruega llegaran a un acuerdo abriendo las puertas a los cabecillas, que en este caso son los que están en las negociaciones, para que puedan gozar de sus bienes en ese lejano y frío país, este conflicto se solucionaría mucho más fácilmente.
Pero volvamos a ponerle un poco de optimismo a este nuevo intento de paz y al menos esperemos a ver lo que va a pasar el mes entrante en Cuba.
P.D.: La amistad es como la mayonesa: cuesta un huevo y hay que tratar por todas las formas de que no se corte.
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