Yohir Akerman


Hacer lo mismo una y otra vez esperando obtener diferentes resultados, es lo que Albert Einstein definió como locura. Y esa es la insensatez que pareciera envolver la guerra contra las drogas, en donde durante cuatro décadas se ha hecho lo mismo exigiendo resultados diferentes.
Equivocado.
Erradicar la producción de drogas, los carteles que la manejan y la violencia asociada a su transporte, mientras no se ataca la creciente demanda es una tarea que no se logró y que, ahora es claro, es inalcanzable. No hacen falta muchas evidencias.
Por eso en la actualidad se hace necesario replantear y entender que para debilitar el narcotráfico la mejor alternativa es la legalización de la producción, comercio y consumo de las drogas.
Como suena.
El primer paso para resolver un problema es admitir que existe, y en eso, al menos, se está formando el escenario propicio para admitir que el mundo tiene no solo un problema de drogas, sino un problema gigante de drogas, y América Latina está pagando el costo más alto en toda la ecuación.
No se discute que el consumo de las drogas puede causar mucho daño y dolor, y lo hacen como el alcohol y el tabaco, pero ha sucedido lo mismo con la implementación de esas políticas para su control.
De ahí que la región tenga que ser líder frente a Estados Unidos al plantear la necesidad de consenso en este debate.
La legalización del comercio, transporte y comercialización de la droga, es la medida necesaria para que el negocio deje de ser desmedidamente rentable para sectores violentos, y se convierta en un sector de la economía ordinario, generando impuestos que puedan ser invertidos en el bienestar social.
Es un problema de salud pública. No solo de defensa.
Es cierto que una vez arrancado el monopolio de las drogas a los carteles, éstos, lastimosamente, dedicaran su infraestructura ilegal y su conocimiento delictivo, en otros comercios ilegales como la trata de blancas, tráfico de menores, o el comercio irregular de órganos.
Pero también es claro que el aumento en los últimos años del consumo de la droga ha hecho que este sea el negocio más rentable para los grupos ilegales. Y por consiguiente el más violento.
Por eso es necesario dividir el debate en dos, siendo un lado la necesidad de legalizar las drogas para convertirlo en un tema de salud pública y con eso debilitar la fortaleza de los carteles, y, por el otro, seguir invirtiendo en defensa para tratar de controlar y erradicar estas organizaciones dedicadas al comercio ilegal.
No se trata de desvigorizar la persecución policiva y militar en favor de la prevención únicamente, sino de combinarlas, ya que la prevención y la regulación son más eficientes que la prohibición para cambiar patrones de comportamiento social. Paradójico, pero cierto. Los casos con el tabaco y el alcohol son ejemplos perfectos.
Y en eso es importante establecer que legalización no debe significar, bajo ningún motivo, venta abierta ni ausencia de control, sino regularización del negocio, de la producción, transporte y comercialización, con duros permisos para cada actividad, estrictos controles de calidad del producto para que no sea adulterado, y precisiones legales como venta únicamente a mayores de edad por canales autorizados.
Fuera de eso, medidas secundarias como no comercializarla cerca de instituciones educativas, no publicitarla en los medios de comunicación, y otros controles que se ejercen, y han funcionado con el alcohol y el tabaco.
Para eso es esencial seguir invirtiendo no solo en la guerra contra los carteles, sino también en educación sobre el tema, acompañamiento de campañas de prevención al consumo abusivo, y tratamiento médico a los adictos.
No hay soluciones perfectas, solo alternativas mejores y peores. Como tampoco hay políticas ideales. Solo hay unas que funcionan y otras que no. La guerra contra las drogas fue una que fracasó y que requiere nuevas estrategias. La legalización es la mejor alternativa hasta ahora, entendiendo que el problema requiere una solución práctica y no moral.
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