Francisco Santos


Me niego a aceptar que lo que la columnista Salud Hernández Mora me dijo sobre la política, sea la única verdad sobre este oficio. Me decía: "cuidado, no te metas en ese jaleo que la política es sucia, es de traiciones y de puñaladas por la espalda. Tú no tienes ni el corazón ni la piel para aguantar esos sinsabores de la política".
Sí, he visto más de una traición y más de una puñalada en la espalda. Sí, he visto lo sucia lo que es la política de pactos debajo de la mesa donde el interés personal prima sobre el colectivo. Pero también he visto la otra cara de la moneda, la del político recto que prefiere morir en la batalla antes que entregar sus banderas. La del funcionario que no acepta negociar sus principios a cambio de nada. La del dirigente comunal que solo piensa en su comunidad.
Yo soy del segundo tipo. Soy un político que muere parado, que no se arrodilla. Fui un funcionario que no negoció sus principios. Y me parezco más al dirigente comunal que lucha sus batallas sin cuartel que al grandilocuente dirigente de discursos y carreta que habla bien pero de ahí no pasa. Que convence pero que luego de salir del escenario público se dedica a la politiquería que no conduce a nada.
Sí, a pesar de lo mucho que me advierten propios y extraños, soy un político de lealtad que juega con las cartas siempre encima de la mesa. No sé -como sí lo es, y experto, además-, el presidente Santos, manejar un ajedrez político que permita llegar del lugar A al B. No entiendo que si tengo una alianza con este friego al otro, o le llego al de más allá. Soy un político que trata de convencer con su carisma y sus ideas. Soy un político que siempre va con el corazón adelante. Soy un político de convicciones y no de intereses o de complacencias adaptadas a un modo un tiempo y un lugar.
¿Que estoy en desventaja frente a esos viejos zorros de la política que vuelan sin alas? Seguramente. Pero prefiero siempre ganar o perder con lo mío. No quiero alianzas con el diablo. No creo en el juego sucio. No creo tampoco en el acomodamiento o el apaciguamiento. No creo en el egoísmo político. Creo en la generosidad, en la transparencia y en el juego limpio.
La verdad no me ha ido tan mal. Fui vicepresidente ocho años y hoy soy el candidato presidencial del uribismo con la mayor opción de retomar el rumbo y de derrotar a Juan Manuel Santos en las próximas elecciones presidenciales en mayo o junio del próximo año. Y lo he hecho sin lesionar la honra de nadie, sin pasar por encima de nadie y sin dejar enemigos regados a lo largo del camino. Sin codazos y sin trampas.
Álvaro Uribe lo ha dicho varias veces. Soy un hombre químicamente bueno. Y llego a este debate presidencial así, sin mancha, sin tacha, con defectos y errores pero siempre con la lealtad a flor de piel y el corazón en la mano. Sí, le tengo que decir a Salud con franqueza, sí se puede hacer política de otra manera. Soy un ejemplo de ello.
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