Pedro Felipe Hoyos Körbel


Dentro de los muchos logros de la Asociación Cívica Centro Histórico de Manizales, tan firmemente manejada por Jorge Alberto Jaramillo, se debe resaltar la traída del exalcalde de Quito la semana pasada. Personalmente soy reacio a tanta celebridad que es importada a la ciudad para hablarnos de cosas de las cuales, se supone, ya deberíamos saber. Ciertos gobernantes son dados a traer extranjeros que no conocen nuestro entorno y que ni siquiera hablan español. Esas grandes comitivas son endiosadas por grupos de turiferarios tecnócratas que no ven más allá de los bordes de sus pulcros escritorios, pero que sí se saben de memoria las teorías más abstrusas de cuño neozelandés o británico.
La visita que introdujo a Manizales Jorge Alberto Jaramillo a raíz de la oportuna sugerencia de Diego Ramírez Lema y el apoyo de la Cámara de Comercio de la ciudad, parecía de otra época. Tiempos en los cuales los embajadores eran personas maduras, dueños de una positiva experiencia, dotados de un don de gentes y sobre todo poseedores de una vasta cultura. Estas embajadas eran fenómenos culturales que dejaban huella en las ciudades visitadas, porque eran compuestas por hombres que lograban en corto tiempo transmitir conceptos culturales y a la vez absorber y llevarse para sus casas lo que habían aprendido en el viaje.
Hablar de la hoja de vida del general Moncayo es muy fácil: lo fue todo en su Ecuador natal, desde héroe de guerra hasta alto funcionario público, excepto presidente de la República, habiendo sido precandidato. Pero para él, ser reconocido como una buena persona, era suficiente. A Manizales vino en calidad de exalcalde de Quito, capital que alberga a 2,5 millones de ecuatorianos, con la disposición de compartir, no sus teorías y estudios, sino su experiencia como gobernante que logró encauzar el centro histórico de esa milenaria ciudad. Fue acierto de él haber reubicado, y lo subrayaba, que sin un policía, sin empujar a nadie, a casi 10.000 vendedores informales que se habían tomado con sus toldos y cambuches muchas calles y todas las plazas de la ciudad que fue la primera en ser declarada patrimonio de la humanidad.
En las dos charlas que dio y las conversaciones que durante un recorrido por nuestro centro histórico pude sostener con él, tuve la fortuna de conocer a un hombre sin afán, pragmático y muy humano, dotado de una seductora sencillez. Fascinado del paisaje manizaleño lo asociaba con Quito, ciudad igualmente enclavada en las bellas montañas de los Andes. Con asombro hacía preguntas y sintetizaba respuestas conjugando lo que veía comparándolo con situaciones análogas sucedidas en Quito. Es el general Moncayo un hombre integral que habla con pasión de económica, de geopolítica, de historia y de sociología sin perder de vista que está especulando sobre la vida del ser humano. Convencido demócrata recalcaba que ciudadano es aquel hombre que participa en lo público, pueblos apáticos son el fin de la democracia y que la recuperación de un centro histórico es el rescate de toda la ciudad y su ciudadanía a través de concertar y armonizar las necesidades y deberes de todos.
Son importantes estas visitas de grandes hombres que no corresponden a estrictos convenios gubernativos, porque brindan la posibilidad para que todas las personas interesadas en el tema y en la visita la puedan abordar y compartir. Ayudan estas apariciones a socializar las problemáticas motivando e incluyendo a la desconfiada ciudadanía.
El general Moncayo no dejó un plan de trabajo o consejos, mas sí habló de su experiencia enmarcándola en un considerable ideario político y administrativo alimentado con su experiencia pública y amplia trayectoria vivencial. Propuso armar una comitiva manizaleña para visitar a Quito con el propósito de ver esa ciudad y poder recolectar una casuística de primera mano que facilite a consolidar la visión que se tiene de Manizales y sus problemas. Sugería el general Monacayo que la comitiva preferiblemente se debería integrar con vendedores informales, políticos, propietarios de inmuebles patrimonio cultural y entusiastas enamorados de Manizales.
Quedé desconcertado con el comportamiento del alcalde de Manizales, el ingeniero Jorge Eduardo Rojas Giraldo, quien no se dignó siquiera a saludar a la visita, muy ocupado con dejar a Manizales en la calle, adujo por medio de sus emisarios, que grandes problemas lo tenían embargado. Esto constituye una innecesaria descortesía, no admisible en un alcalde de una ciudad de 419 mil habitantes, fuera de ser un desacierto operativo porque mucho podría haber aprendido el ciudadano Rojas, alcalde por cuatro años de esta sufrida ciudad, de ese hombre sabio y bien intencionado.
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