Jaime Alzate


La ancianidad, la vejez, la senectud, el adulto mayor, o como eufemísticamente se le dice la tercera edad, es la época de la vida cuando le comienzan a uno todos los achaques y enfermedades que casi nunca nos imaginamos que nos fueran a pasar. Desafortunadamente con el transcurrir de los años es cuando vamos tomando más conciencia de lo que antes creíamos que la salud y la vida iban a ser eternas, sin darnos cuenta que ambas se acaban mucho antes de lo que uno cree. Cuántas veces no nos hemos puesto a pensar cómo ha sido nuestro diario transcurrir, para llegar a la conclusión de que fue mucho lo que dejamos de hacer, porque de improviso fuimos pasando todas las etapas de la vida, desde la niñez hasta el final de la existencia sin que ni siquiera nos diéramos cuenta.
Como todo en la vida tiene su parte simpática, durante todos los días que van pasando hasta el viaje final, son precisamente las épocas cuando uno se vuelve a encontrar con amigos a quienes hace años ha dejado de ver, y palabra que el volver a recordar, hasta donde nos permite el Alzheimer, todo lo que hicimos en nuestra lejana juventud se vuelve un rato de esparcimiento muy agradable, sobre todo cuando alrededor de una mesa de uno de los varios cafés, que los hemos bautizado Villa Próstata, siempre tenemos alguna anécdota, algún comentario o algún chisme.
Pero lo que no deja de ser infaltable es el tema permanente sobre las distintas dolencias que nos aquejan. Ese es el momento cuando más nos arrebatamos la palabra, porque ninguno puede quedarse con las ganas de contar a boca llena la edad del cóndor en que nos encontramos: con dolor aquí, con dolor allá, mejor dicho, si a alguien no le duele algo es porque está muerto.
Son relativamente pocas las ventajas que nos traen los años, pero sin duda una de las más satisfactorias es el conocimiento que algunas veces por estudio y dedicación, y otras por ósmosis, nos permite que las tertulias con personas con cierto grado de conocimientos se conviertan en verdaderas cátedras, que muy pocos jóvenes son capaces de asimilar por su falta de experiencia.
Pero como todo tiene sus contraprestaciones, tengo que reconocer que la vida se va complicando a medida que van pasando los días, especialmente porque es muy poca la gente que realmente aprecia la experiencia que dan los años, y es menor el número de los que piensan que lo único cierto que hay en la vida es la muerte, o sea el trasteo definitivo, y esto es lo que a mí me hace embejucar del todo. Por ejemplo, de las cosas que pasan, una de las más desagradables es el tratamiento que recibimos los viejos de las entidades bancarias. Y no me refiero a los empleados, que en su casi totalidad entregan con infinita paciencia su ayuda a quienes necesitan de ella. Me refiero a los propietarios y los altos ejecutivos, quienes desde sus elegantes oficinas ponen todas las trabas posibles para cualquier préstamo que solicite un mayor de 60 años. Casi que no lo dejan entrar a uno al banco y cuando se enteran de que va a solicitar un préstamo, le responden como lo hacía un antiguo banquero de esta ciudad, a quien le decían "plumilla", porque sin abrir la boca, con el solo movimiento del dedo, al parroquiano que entraba lo devolvía corriendo.
¿Y qué tal si va a pedir un préstamo para comprarse un carrito, de esos que hoy en día no valen nada? Pues a tener que seguir andando en bus. Y si lo que quiere es un segurito de vida para dejar cierta tranquilidad a su familia cuando tenga que viajar del todo, la negativa es tan rotunda que se siente uno asustado y se puede morir por anticipado. ¿Será que estos jóvenes nunca van a llegar a viejos? ¿No se dan cuenta que la mayoría de las veces los que van a solicitar este seguro es porque les ha quedado imposible pagar una prima de un seguro, que tienen unos precios exorbitantes?
Pero eso sí, miren los balances anuales de este tipo de entidades y quédense con la boca abierta por el monto de las utilidades. No me opongo a que estos negocios ganen la plata que puedan, pero sí podrían en medio de tantos sabios inventarse algunas fórmulas que ayuden a los pobres, que todos los días son más, y a quienes la inequidad los hunde en la espantosa miseria, para que al menos durante su tercera edad puedan esperar la partida con un poco de más tranquilidad. No se les olvide que todos estamos en la sin salida, y que pueden estar seguros que algún día tendrán también que hacer cola.
P.D.: Triste época la nuestra, ¡es más fácil desintegrar un átomo que acabar con un prejuicio!
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