Fanny Bernal Orozco


Érase un joven que se había entrenado diligente y pacientemente hasta convertirse en un gran atleta. Se servía de una larga rama como pértiga para poder cruzar los ríos; solía competir con otros en esta prueba y siempre salía victorioso. Nadie había sido capaz de superarle: tal era su vigor y su destreza. Poco a poco debido a sus continuos éxitos, se había tornado sumamente vanidoso e incluso soberbio y no dejaba de jactarse de sus habilidades.
Había hecho correr la noticia de que entregaría un buen número de monedas de oro a aquel que fuera capaz de saltar más longitud que él. Deseosos de obtener el premio, muchos se le enfrentaron, pero nadie lograba vencerle y él siempre salía triunfador. Sin embargo, se sentía cada vez más insatisfecho y no era dichoso. Ansiaba, vorazmente seguir compitiendo, venciendo y alimentando su soberbia. Desafiaba continuamente a unos y otros, y la competición se había vuelto para él una adicción obsesiva.
Tenía un buen amigo de la infancia que solía prevenirle:
-Debes acabar con todo esto. Tu afán de competir te devora y no piensas en otra cosa.
Un día el competidor dijo:
-Te haré caso, pero debo probarme una vez más. Hay un gran río en el norte y quiero celebrar un concurso para ver quién puede saltarlo con una pértiga. Si alguien me vence, le daré la mitad de mi fortuna.
Se convocó la prueba. Todos los participantes fueron efectuándola con mayor o menor acierto. Cuando le llegó el turno al joven de esta historia, corrió como un gamo, con todas sus energías, clavó la pértiga en el centro del río y saltó con su acostumbrada habilidad, pero he aquí que en esta ocasión la rama que le servía de pértiga se quebró, el atleta fue a dar con la cabeza contra una roca del río y halló la muerte al instante.
Tomado del libro: ‘Cincuenta cuentos para meditar y regalar’. de Ramiro Calle.
Si hay un asunto en la vida de un ser humano que lleve a que se pierda todo contacto con la realidad, es el ego. Cuando se tiene un gran ego, es como tener al frente de los ojos diferentes velos que impiden ver y analizar las cosas con claridad. La persona que vive bajo el influjo de su ego, crea y se cree una serie de pensamientos y de ideas, que aunque hacen parte de su vivencia cotidiana tienen un pobre contacto con la realidad.
El ego es una fachada a la que hay que invertirle mucho tiempo, para poder mantenerla en un estado que genere la adulación y la lisonja de los demás, pues de estas actitudes se alimenta y se sostiene; quién requiere de estos estímulos, es un ser obsesionado con los aplausos y halagos, muy pocas veces se dará el tiempo para pensar que esos momentos son transitorios, vanos, efímeros y poco trascendentes.
Siempre estará insatisfecho y en búsqueda de nuevas sensaciones para sentirse valioso e importante; su obsesión le hará carecer de calma y lucidez, para hacer cualquier discernimiento que le lleve a salirse de la trampa que él mismo ha construido.
Varias tareas para hacer cuando se vive en estas condiciones: una, es estar vigilante de sí mismo, esto es comenzar por observarse y reflexionar acerca de las actitudes que se asumen; el acto de mirarse, permite dar pasos que conduzcan a recapacitar y corregir los hábitos dañinos y si se puede, a modificar los modelos mentales limitantes.
La tarea del autodesarrollo emocional, permite encontrarse consigo mismo en una dimensión diferente a la que usualmente se ha estado acostumbrado, puede dar origen a progresos internos más humanos y ecuánimes.
Otra, es aprender de la humildad como recurso que abre puertas -diferente al orgullo y a la soberbia que las cierra y por lo tanto distorsiona las capacidades para pensar, percibir, discernir y elegir de manera adecuada y constructiva-.
Por otra parte, trabajar en la autoestima y la autoconfianza, es apostarle a tener una mejor calidad de vida emocional, es aprender y aprehender que cultivar la salud mental, debe ser un hábito del día a día, denominado higiene emocional, que consiste en limpiar y hacer gestión de las emociones que provocan perturbación, desasosiego y que elevan los niveles de estrés y de enfermedad mental debido a sus nefastas consecuencias.
Finalmente:
-¿Es usted de los que compite con otros para demostrar su superioridad?
-¿Ha competido consigo mismo?
-¿Su orgullo le ha causado problemas?
-¿Ha perdido alguna vez el equilibrio?.
*Psicóloga
Profesora Titular Universidad de Manizales
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