Efrain Castaño


Tanto el hombre primitivo como el actual que está alejado de las costumbres de la civilización moderna y técnica, viven en contacto con la naturaleza en su estado primario; andan desnudos o cuasidesnudos, saltan y corren tras sus presas o animales juguetones tan diversos en belleza y aspecto.
Forjan cuadros de naturaleza viva donde el salto, el grito, la carrera son notas de vivacidad; hombre y animal se confunden en agilidad y destreza.
Pero en algunos momentos todo cambia: aquel hombre se le ve vestido con colorido y elegancia; plumas, pieles y arte se unen para lucir en las ceremonias de tribu ya sea culturales, guerreras o de clan; claramente se deduce que no es lo mismo el cubrimiento de su cuerpo en el diario transcurrir de las horas que el momento solemne o comunitario; su vestuario es diferente, su presentación externa es variada, vistosa y ágil.
La historia nos trae el desarrollo de la vestimenta humana: desde la hoja de parra, pasando por la túnica, el ornamento, la coraza o el uniforme para cada ocasión así como el vestido diario de acuerdo al clima o trabajo a realizar, todo indica que el vestido es parte de la vida humana, de la civilización, de la manera útil y adecuada de presentarse el ser humano ante los demás; la necesidad, la adaptación y la utilidad han creado la moda en el mundo.
Pueblos enteros como China han adoptado por una manera de vestir según sus pensamientos sociales; uniformidad o diversidad; hay empresas que visten a sus empleados de manera que la economía y la igualdad hagan posible un mejor vivir.
Vale la pena recordar hoy todo esto porque celebramos en este día el reconocimiento y gratitud al modisto y al sastre: hoy es el día que reconoce a estos servidores humanos de altísima valía.
No solo se reconoce y agradece a aquel modisto de pasarelas y aplausos públicos, de presentaciones públicas, de reconocimiento en centros de alta economía o publicidad, sino que vale felicitar y muy de veras a la modista que desde su casa cose y cose para el señor, la señora, la niña, o el niño a quienes pronto pondrá a estrenar y lucir aquello que cada uno quiere o necesita.
También hay que alabar aquel sastre, él o ella, que con aguja en mano y metro al cuello, tijera en la mesa y retazos en un rincón junto a la plancha, complace a su cliente y casi siempre le deja satisfecho.
Gracias queridos servidores de la modistería y sastrería: desde el más connotado de la crítica hasta el más humilde y desconocido son servidores para la calidad humana.
No debo ni quiero callar lo que anota San Pablo (Gal. 3,27): "ustedes están revestidos de Cristo Jesús"; es el mejor vestido.
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