Efrain Castaño


Tiene siete años; es un niño de Batatadó en la Costa Atlántica de nuestro país, cerca del lugar donde se realizó "la Cumbre de las Américas" que como es corriente en nada le afectó.
Es juguetón y brioso; entre la escuela, los juegos con sus compañeros y los quehaceres en casa pasa los días solo vestido con una pantaloneta larga y grande, sus cabellos caídos sobre sus vivaces ojos que se adornan con una sonrisa que luce casi siempre.
Pero a veceS nuestro niño se queja de fuertes dolores de vientre, se tira en la comunitaria cama de su rancho o en la arena al pie de una palmera; el rictus de sus labios ya no muestra la cantarina sonrisa sino una mueca de profundo dolor.
Este simpático colombiano es uno de los miles que tanto en la Costa Atlántica como Pacífica pertenece a familias campesinas o indígenas que están en emergencia humanitaria por la tenaz hambruna que muchos pueblos de nuestro país y de América Latina padecen; nuestro niño sufre desnutrición crónica y en avance y sin esperanza porque la pobreza familiar se ahonda con el correr del tiempo.
Su papá no está: ha tenido que irse a buscar trabajo lejos ya que los cultivos que con otros vecinos tenía de "pan-coger" (yuca, plátano y otros) así como la ausente jornada de pesquería se han venido abajo por la acción de poderosas compañías que están abriendo campos para sus construcciones sumando a esta realidad el peligro constante que brota de la acción de guerra entre diferentes grupos, legales unos o ilegales otros pero que extienden un manto de miedo.
Se suma a todo esto que los albergues temporales habilitados a toda carrera para recibir a los campesinos que huyen porque todo ha sido asaltado o quitado se proyectan como habitación casi permanente con la pérdida de privacidad y la ventana siempre abierta para el irrespeto o los abusos.
Los clamores que al Estado se han elevado no han pasado de ser respuestas nunca llevadas a término; la disolución familiar avanza, las enfermedades sobre todo de la niñez se acentúan y todo parece girar en un círculo sin salida hacia mejores perspectivas de vida.
Es un hambre millonaria porque no hay explicación para que se acentúe la enfermedad y el hambre en un país donde los millones danzan a diario en elementos de guerra, placer y corrupción; en la Roma antigua se decía que su decadencia había llegado porque todos vivían o querían vivir de "pan y circo"; en nuestro país ni a eso llegamos, aquí solo es "circo" porque ni pan hay para todos.
¿Saben ustedes cuál es una de las presencias y casi únicas soluciones que hay para nuestro niño y sus familias? La labor de la Iglesia que en una acción social fuerte de amor llega a casi todos estos sitios con una presencia de misión, de ayuda, de aporte.
El platico casi único que prueban muchos chiquillos, la cobijita o el vestidito que tienen les ha llegado por esta acción social de la Iglesia, gracias a su aporte y al buen uso de ello; la fe no es opio.
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