Eduardo García A.


Ahora que reina de nuevo la guerra en la llamada Tierra Santa, y estallan las bombas en Jerusalén, Gaza, Belén y Tel Aviv, puedo decir sin pudor que al rememorar los infantiles tiempos de Navidad, acelerados con los alumbrados, las novenas y los villancicos junto al pesebre, me refiero a una época que se remonta a mediados del siglo pasado.
De la misma manera que Chateaubriand relató en sus Memorias de Ultratumba la llegada de sus tías abuelas ataviadas de negro y con aires de siglos y conversaciones antiguas, aquellos momentos personales me parecen tan lejanos como si fuese un sobreviviente clonado de otra época, que veo entre la borrosa luminosidad y la alegría de esas fechas remotas, incrustadas en un parroquial hispanismo de sabor colonial, oloroso a inciensos, monjas y sotanas negras.
La hora del alumbrado, significaba para todos los niños el fin definitivo de las tareas escolares y el inicio de un largo período de casi dos meses donde se dormía a gusto y la vida se centraba en la fiesta, la degustación de deliciosos postres como la natilla y los buñuelos, la algarabía de los niños jugando en la calle, haciendo explotar totes y petardos, o sea la libertad y el gozo en un tiempo donde el aire era de verdad más transparente, las ciudades pequeñas y
rodeadas de bosques y montañas silvestres y donde, al lado de las casas, se extendían el campo, las montañas, los nevados, la multiplicidad infinita de flores, pájaros, insectos, coleópteros, lagartijas, mamíferos y aves salvajes.
A medida que se acercaba la hora de construir los pesebres, los niños en banda éramos enviados a esas montañas donde teníamos la misión de recolectar el musgo adosado a los árboles y las piedras en laderas de riachuelos, en medio del fresco clima templado y húmedo de las montañas andinas. En ese entonces no había tantos monstruos que violaran y descuartizaran niños en serie como el temible Garavito, ni grupos armados que irrumpiesen y secuestraran o mataran infantes, o al menos así lo creíamos quienes pasábamos felices en ese día de recolección en la total libertad de las montañas, hoy cubiertas de edificios, avenidas y urbanizaciones.
El Monte del León y otras colinas y montañas se extendían más allá de la quebrada de Olivares, hacia el norte, o sea hacia Antioquia y los centenarios pueblos de casas hermosas de bahareque, construidos en un mundo pastoril importado de la vieja España y cuyas huellas aun permanecían embalsamadas en estos rincones de ultramar, porque sus habitantes estaban ahí momificados en la endogamia desde las gestas del siglo XVI y los tiempos del Quijote de la Mancha.
Solos, los niños nos enfrentábamos a la maravilla de ver papagayos rojos o loros multicolores y salvajes que poblaban aquellas selvas templadas, percibíamos el magnífico sonido de ríos, riachuelos y quebradas y el manto profundo de los árboles que nos acogían con sus ramas frondosas a la hora de comer el fiambre que con tanto cuidado preparaban tías, abuelas, madres o muchachas del servicio que siempre estaban presentes en las casas como extensiones de la familia.
A veces llegaban a casa desde la provincia del oriente de Caldas las tías abuelas vestidas de negro, ancianas de otros siglos con nombres como Dolores o Encarnación, que expresaban en la viudez profunda el dolor de las guerras del siglo XIX, la de los Mil días o de la atroz Violencia que todavía humeaba en el país, tras el paso de las hordas de pájaros y chulavitas, asesinos que irrumpían en fincas y pueblos para exterminar a los opositores demoníacos por instigación de monseñor Builes y Laureano Gómez y sus sectarios seguidores falangistas.
Ahora entiendo que esas semanas de fiesta, la alegría de la novena y el canto de los villancicos, eran la forma en que los mayores liberales trataban de ocultar por un tiempo a los niños los aciagos días de las guerras nacionales, los dolores de las muertes y los genocidios experimentados por ellos recientemente y cuyos odios latían todavía en sus corazones. Porque, como era obvio, las familias estaban divididas entre ambos bandos y la Navidad era una tregua entre la abuela goda con el yerno liberal o el sobrino comunista.
En las alturas de la cordillera, esa sociedad arcaica estaba dominada por la España cruel de los conquistadores y la más reciente del franquismo genocida que tenía admiradores y fieles entre los políticos colombianos. Por todas partes se veía la impronta del catolicismo decimonónico de antes del Concilio Vaticano II y del Concordato que daba a la Iglesia el cogobierno del país.
Los cánticos venían de la retórica hispana pastoril que sobrevivía en América de manera absurda y se incrustaba en cada casa o esquina, lejos de las pecaminosas tierras de las costas donde reinaba la cumbia y el currulao paganos de los inmigrantes negros, descendientes de esclavos, o los exiguos rezagos animistas y fantasmagóricos de la población indígena humillada y exterminada por los gachupines y sus descendientes.
Afuera, lejos de los villancicos y los pesebres, estaba la realidad, o sea la pobreza de los tugurios y el campo, la sangre reciente de las masacres y la injusticia generalizada de un país que seguía en la Colonia aunque por el cielo cruzaran aviones y satélites y el hombre se prepara para llegar a la luna. Y ahora en Tierra Santa, allá en Jerusalén, Gaza y Belén, en medio de la escenografía original del pesebre bíblico que construíamos, sigue la incesante guerra que huele a apocalipsis, con cohetes, cazas bombarderos y tanques que matan de verdad.
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