Efrain Castaño


El perro ya crecido de cuerpo estaba sentado, pero reflejaba inseguridad y nerviosismo; de su boca salía babaza que resaltaba su respiración agitada; junto a él estaba una joven también sentada que le pasaba la mano por encima de su cuello para calmar un poco al agitado can.
El cuadro sembraba temor por la intempestiva reacción del perro que bien puede ser de ataque o defensa al ver la proximidad de alguien; pero además de temor el cuadro aquel hacía nacer en quien estaba cerca un asomo de disgusto y malestar.
La razón era obvia: el natural cuadro no era suceso de un casa de campo, de un patio hogareño, de una calle cualquiera; se estaba realizando en el asiento de una buseta urbana de recorrido diario al servicio de los necesitados pasajeros.
En un paraje y esquina la joven se bajó con su inmenso perro que si bien encadenado producía temor en quien se hacía cerca donde estaban; como es lógico el asiento quedó salpicado de la babaza del can, de la suciedad del sudor de su cuerpo, de resto de pelos y del olor nada agradable en el ambiente.
Yo pensé en la próxima persona que al llegar y encontrar el asiento vacío aún sin limpiar se sentaría allí y recibiría en su vestido la herencia nada agradable dejada en el lugar; me pareció que no es lógico que un asiento sea usado por una mascota cualquiera, estando al pie del pasajero dueño el suelo apto para que repose evitando así la consecuencias nada higiénicas descritas antes.
No es negación al transporte de animales, no es rechazo al cariño a las mascotas, sino que es mínima ética, es decir pequeña toma de cuenta de los demás, de su bienestar y comodidad.
Es que en el detalle de las pequeñas cosas de la vida diaria es mucho lo que podemos hacer para el bienestar general; la mirada puesta en la comodidad de los otros fuera de la mía solamente, el tomar en cuenta que no vivo solo en el mundo sino que estoy rodeado de personas que merecen trato digno, reconocimiento a sus derechos mínimos, vida de fraternidad y solidaridad.
Es clásico el ejemplo que desde niños nos enseñaron de aquel que tira la cáscara del banano consumido pero sin mirar dónde lo arroja y después alguien que pasa resbala, cae, sufre fracturas en su cuerpo como fruto de un descuido.
Lo mismo se diga de aquel que al comer un confite, destapar un paquete, arroja el papel a la calle, al andén, al caño pero que luego con la suma de otros de esos mínimos papeles por pequeños que sean llegan a taponar tuberías y desagües con las consecuencias trágicas ya conocidas.
La ética mínima es manifestación de caridad, de cultura, de sentido social; es propiciar una convivencia sana y una vida mejor.
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